Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.



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viernes, 16 de noviembre de 2012

Colombia - Mito Emberá Katío - Creación desde arriba

Los embera son un pueblo amerindio del occidente de Colombia, el oriente de Panamá. Son unas 70 mil personas (2004). Se conocen como Emberá katío a los que habitan en el alto Sinú y el alto Río San Jorge, departamento de Córdoba y en Urabá; en Colombia, Emberá chamí a los que viven en las cordilleras occidental y central de los Andes colombianos, departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío y Valle; Chocoes o simplemente Emberá a los que habitan las cuencas del río Baudó y del bajo San Juan, municipios de Istmina, Alto Baudó y Pizarro; el río Curiche, municipio de Juradó en el Chocó (Colombia); y en la Comarca Emberá-Wounaan en el Darién (Panamá); y como eperara siapidara o epená, a los de la costa Pacífica de los departamentos de Valle, Cauca y Nariño en Colombia. En Panamá se les acostumbra llamar emberá (con tilde). Emberá significa literalmente: "La gente del maíz". El mito que se relata a continuación fue recogido de la obra El sol babea jugo de piña en el que el autor Miguel Rocha Vivas compila mitos de los departamentos de Atlántico, Magdalena y Serranía del Perijá. La obra hace parte de la Biblioteca básica de los pueblos indígenas de Colombia, del Ministerio de Cultura. El relato fue recogido por Domicó et ál., 2002:

Les voy a contar una historia muy importante, la de Karagabí; así
sabemos cómo se creó el mundo y cómo fue el comienzo del pueblo
embera. Resulta que Karagabí se encontró con otra persona, la saludó
amigablemente para conocerla, y le preguntó:
–¿De dónde viene usted?
–De la tierra de abajo –le contestó el otro.
–¿Cuántos territorios hay hacia abajo?
–Cuatro.
–¿Y cómo se llama usted?
–Yo me llamo Tutruicá.
–¿Y cómo se llaman su papá y su mamá?
–Yo no tengo papá ni mamá, porque yo aparecí en el viento. ¿Y
usted cómo se llama?
–Yo me llamo Karagabí y tampoco tengo mamá ni papá, yo he
salido de la saliva, del agua.
–Yo quiero acompañarlo a usted.
Karagabí trabajaba en sueño, él soñaba y analizaba todas las cosas.
Tutruicá desaparecía y resucitaba como con magia, y un día le dijo a
Karagabí:
–Mientras andamos juntos, ¿por qué no buscamos la forma de
construir gente?
Karagabí se quedó pensando y dijo:
–Esta noche yo voy a pensar en eso y mañana charlamos.
Karagabí soñó esa noche que sí había forma de hacerlo, pero con
el apoyo de Tutruicá, porque él era el único que manejaba la tierra.
Karagabí solo tenía la peña sin nube y no era capaz de volar como
Tutruicá. Al otro día Karagabí le dijo:
–Bueno, entonces yo espero aquí mientras usted me trae una bolita
de tierra.
–Vamos juntos, porque yo no puedo coger la tierra. Usted la coge,
la traemos y trabajamos. Móntese en mi espalda, que yo lo cargo –dijo
Tutruicá.
Se fueron volando al territorio de Tutruicá, donde había tierra y
plantas; pero solo cogieron la tierrita, hicieron una bolita y la regaron
donde ellos vivían. En esa tierra empezaron a crecer las plantas, bejucos,
árboles, que les sirvieron para construir una casita. Como ellos
vivían en la oscuridad, Tutruicá dijo:
–¿Usted no tiene capacidad para que amanezca y oscurezca?
–Sí hay forma. Lo podemos hacer entre los dos.
Lo pensaron cuatro días. Tutruicá dijo que no podía ser y Karagabí
dijo que sí se podía, pero si le colaboraba trayendo tierra amarilla,
para que se convirtiera en el Sol.
–Listo, yo colaboro –contestó Tutruicá.
Volvieron a recoger la tierra y trajeron la bolita.
–Yo voy a tirar esta tierra hacia arriba, pero nosotros nos vamos a
acostar boca abajo porque de pronto nos morimos del susto cuando la
tierra se convierta en un sol brillante. Más bien nos vamos levantando
despacio.
Así fue, y quedó el día brillando, pero no oscurecía, entonces Karagabí
no podía soñar, porque no podía dormir.
–¿Qué podemos hacer para que oscurezca? –preguntó Tutruicá.
–Yo no puedo hacer más, porque no puedo dormir, no puedo
soñar.
–Entonces yo voy a intentar hacer la oscuridad.
Tutruicá buscó tierra negra, pero como no podía hacer la bolita,
Karagabí le dijo:
–Pues, présteme, yo hago la bolita.
Entonces empezó a hacer la bolita, la tiró y oscureció de verdad,
pero quedó oscuro, oscuro, y eso no le gustó a Tutruicá:
–No, así quedamos muy mal porque todo es oscuridad. Tenemos
que buscar que haya un cambio, algo de noche y algo de día.
Entonces Karagabí pensó durante una semana y dijo:
–Sí, sí hay forma. Tráigame una bolita de tierrita amarilla más
pequeñita y la convertimos en la Luna.
El Sol y la Luna quedaron hablando con Karagabí, pero no con
Tutruicá. Tutruicá únicamente hacía cosas rápidas, como magia,
pero no soñaba.
La Tierra no se movía, se quedaba quieta y Karagabí soñó que
tenía que buscar un pedazo de imán y supo dónde lo podía encontrar,
pero había que hacer una ceremonia para poder llegar allá y arrimarse
a una piedra grande para que el imán no lo arrastrara cuando estuviera
cerca de él. Karagabí le explicó todo a Tutruicá:
–Hay una forma para que la Tierra, el Sol y la Luna se muevan,
pero tenemos que hacer un trabajo para eso.
–¿Pero cómo lo vamos a hacer?
–Como usted vuela, yo me voy en su espalda hasta allá y consigo
ese imán. Después lo colocamos en cuatro partes, para que la Tierra
gire y gire.
Cuando llegaron allá se amarraron una piedra grande en la cintura,
se arrimaron despacio hasta el imán, cogieron un pedazo y lo partieron
en cuatro, para colocarlo en las cuatro esquinas de la Tierra, y
entonces ahí sí se movió el Sol y de ahí ellos quedaron bien. Entonces
Karagabí dijo:
–¿Qué más hacemos? Lo que usted quería ya lo hicimos, pero seguimos
quedando nosotros dos solos, porque ni la Luna ni el Sol ni
la noche hablan.
–¿Entonces qué hacemos?
–Vamos a hacer una generación, vamos a crear al hombre.
–¿Cómo vamos a hacer?
–Conseguimos una piedra y comenzamos a hacerlo como un muñequito.
Entonces Karagabí empezó a hacer eso en piedra y soñó que partiendo
la piedra no podía hacer una generación, porque el hombre
nunca se moriría, y se lo explicó a Tutruicá:
–¿Por qué no hacemos al hombre de tierra, para que [cuando] se
muera haya generación y cambio?
–No, a mí no me gustaría eso, porque sería doloroso morir. No, a
mí no me gusta.
Entonces ellos empezaron a pelear por eso. Karagabí empezó a
trabajar su barro y Tutruicá empezó a trabajar la piedra diamante.
El muñeco de Tutruicá no hablaba ni se levantaba. Karagabí le sopló
la frente, las manos y los pies al muñeco, hasta que se levantó, pero
tampoco hablaba. Entonces dijo Karagabí:
–¿Sabes qué? Para que hable, para que ande necesita la fuerza de
uno. Tenías que haber soplado en la cabeza.
Karagabí ensayó y resultó verdad. Cuando sopló la cabeza, el
cuerpo se movió, y cuando sopló más, cuatro veces, el muñeco ya
quedó hablando… pero se moría. Entonces lo mataron y volvieron
a ensayar, y ya podían hacer a los hombres y a las mujeres. Entonces
Karagabí dijo a Tutruicá:
–¿Qué hacemos nosotros para llegar a un acuerdo y que cada uno
trabaje por aparte?
–Listo: yo hago el hombre a mi gusto y usted al suyo, y si su gallo
canta primero que el mío, usted gana.
Karagabí ganó porque su gallo cantó a las dos de la mañana y el de
Tuitricá cantó a las dos y media.
En ese momento había cuatro tierras hacia arriba, que eran de
Karagabí, y cuatro hacia abajo, que eran de Tutruicá. Como ya empezó
la generación de los hombres, Karagabí y Tutruicá comenzaron a
compartir lo que sabían y el uno le enseñaba al otro. Karagabí lo hacía
con buen corazón, pero Tutruicá no le enseñó a volar a Karagabí,
aunque ya estaba soñando.
–Como usted me está engañando, ya no vamos a ser hermanos y
nos vamos a separar. Usted se va para su tierra y yo me quedo en la
mía –dijo Karagabí.
–No. Si usted me gana yo me voy para mi tierra, y si pierde yo
me quedo aquí y usted se va para arriba. Vamos a conseguir una olla
grande para hervir agua y usted se mete ahí veinticuatro horas, y si no
se muere me gana. Y después yo también me meto y si no me muero
quedamos en paz y seguimos viviendo juntos.
Karagabí fue el primero que empezó a cocinarse, y cuando Tutruicá
destapó la olla, como a las seis horas, vio que el hombre estaba tan
tranquilo, sentado ahí, comiendo curadientes. A las doce horas volvió a
mirar y encontró a Karagabí pintado con jagua y adornándose con chaquiras.
Cuando se cumplió el tiempo el hombre estaba con su plantica
en la mano, cantando a su espíritu. Había ganado y salió de allí.
Tutruicá se empezó a cocinar por la mañana y Karagabí lo encontró
sentado a las seis horas, pero a las doce horas apenas había unos
huesos; él no estaba ahí sino un espíritu parecido. Resulta que el hermano
de Tutruicá lo sacó de ahí para salvarlo, porque no aguantaba
más de doce horas en el agua hirviendo, y metió los huesos para que
Karagabí creyera que Tutruicá había muerto.
Karagabí había ganado y por eso ya no siguieron viviendo juntos,
hicieron casa aparte. Como ya había bastantes hijos, los embera quedaron
de Karagabí y los chaberara de Tutruicá. Los chaberara son
los que viven bajo de esta tierra. Ellos y nosotros fuimos creados el
mismo día, por eso ellos son chaberara de nosotros.
–Bueno, hermano Karagabí, ¿usted mañana para dónde camina?
–No, mañana me voy a visitar al hijo mayor –le contestó el otro.
Y Tutruicá quedó pendiente en una cañada que Karagabí tenía
que bajar. Cuando pasó por allí, le tiró encima esa montaña y lo tapó.
Karagabí se demoró cuarenta y ocho horas en salir de ahí. Primero se
convirtió en armadillo, y hágale, hágale, pero no era capaz de salir.
Después se convirtió en lombriz y tampoco pudo. Cuando se convirtió
en agua salió y se salvó.
A los cuatro días Tutruicá se asomó a la casa de Karagabí y lo
encontró allí. A los seis días Karagabí fue a visitar a Tutruicá y le
preguntó que para dónde caminaba al otro día:
–Yo me voy a visitar a mi hijo.
Karagabí quedó pendiente para ver a qué hora pasaba la cañada y
también le volteó la montaña y lo tapó. A los cinco días salió y Karagabí
lo vio nadando río abajo.
–Como ya no podemos ser amigos, sería mejor que usted se fuera
para su tierra.
–No. Yo no me voy para mi tierra.
–No, usted tiene que irse para su tierra porque usted y yo no podemos
vivir juntos, porque si usted sigue así voy a tener que vengarme.
–Bueno, yo manejaría cuatro territorios de aquí hacia abajo y usted
cuatro hacia arriba.
–¿Cómo se va a llamar el territorio hacia abajo?
–El primero se va a llamar territorio de Chaberara. El segundo va
a ser el territorio de Umucá, el camaleón, después va a ser el territorio
del agua y de los peces, y después voy a vivir yo. ¿Y usted cómo va a
bautizar tu territorio?
–Mi territorio va a ser el territorio de nube, el territorio del gallinazo
blanco, el territorio del Sol y de la Luna y en el último territorio
voy a vivir yo.
Así quedaron ellos, ahí acaba esa historia.

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