Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.

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viernes, 7 de marzo de 2014

México - Mito Azteca - El dios Quetzalcóatl

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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Quetzalcóatl, la serpiente con plumas, fue quizás el dios más significativo de entre aquellos a los cuales rindieran culto los aztecas. En sus distintas formas aparecía como dios del cielo y del sol, como dios de los vientos, de la estrella de la mañana, y también como el benefactor de la humanidad. Su nombre proviene de la palabra quetzal, nombre de un raro pájaro que tenía una larga cola de plumas, y de coatí, palabra con la que se designaba a la serpiente. Bajo diferentes denominaciones fue adorado a lo largo y a lo ancho de México y de la América Central. En su honor se hicieron las grandes pirámides de los templos de México, y se levantó la ciudad sagrada de Cholula, así como un templo circular en la corte de Tenochtitlán.
Quetzalcóatl era hijo de Coatlicue, diosa de la tierra. Un día se encontraba ella en lo alto de una colina, haciendo penitencia con sus hermanas, cuando a su lado cayó del cielo una pluma. La cogió y la puso junto a su pecho, y quedó preñada. A su debido tiempo nació su hijo. Quetzalcóatl fue un niño bueno y dócil, que tenía tan buen corazón que apenas se atrevía a coger una flor por no hacerle daño. Cuando se le pidió que hiciera sacrificios rehusó, ofreciendo en su lugar pan, flores y perfumes. Sin embargo era muy duro consigo mismo, y para hacer penitencia se flagelaba la espalda con espinas de cactus, hasta que le brotaba sangre.
A medida que fue creciendo descubrió muchos secretos y destrezas, que enseñó a la humanidad. Encontró el escondite del maíz, se enteró del valor de las piedras preciosas, del oro y de la plata, de las conchas marinas de colores y las plumas de los pájaros, y aprendió a usar las distintas plantas.
La bondad e integridad de Quetzalcóatl irritaron al gran dios Tezcatlipoca, el Espejo de Humo, que era todo lo contrario a él. Se decía que era liviano, y tan rápido, que podía descender dé los cielos bajando por una cuerda hecha con la tela de una araña. Era el dios de la alegría; pero, a la vez, era el dios de la discordia y de la hechicería, de la prosperidad y de la destrucción, además de un gran tramposo, que exigía a los hombres sacrificios humanos y muertes para sustentarse.
Un día Tezcatlipoca se acercó a donde se encontraba Quetzalcóatl y le puso frente a los ojos un espejo para que se viera. Quetzalcóatl, horrorizado, vio entonces cuan viejo era, y sus ojos se entristecieron. Pensó que defraudaría a su gente si lo contemplaban así, por lo que de inmediato tapó su rostro y marchó a ocultarse. 
Tezcatlipoca, sin embargo, corrió tras él y le convenció de que se mirase nuevamente en el espejo. Entonces, por el contrario, le dio un rico vestido adornado con las plumas de un quetzal, y una máscara azul que representaba a una serpiente hecha de finas turquesas. Complacido por su visión, Quetzalcóatl volvió a permitir que sus gentes lo contemplaran.
Tezcatlipoca, no obstante, quedó insatisfecho con aquella demostración de su poder; en realidad quería destruir al puro Quetzalcóatl por completo. Así pues, simulando ser su amigo, ofreció a Quetzalcóatl una copa de pulque, una especie de vino hecho con la savia fermentada de la pita. Al principio Quetzalcóatl rehusó beber; pero al fin metió un dedo en la copa para probar aquel vino. 
Después se echó un trago, luego otro, y otro más, y acabó cogiéndole gusto. Como estaba muy alegre mandó llamar a su hermana, y juntos siguieron bebiendo hasta embriagarse. Como no sabían lo que hacían cayeron el uno en los brazos del otro y se amaron carnalmente.
Desde entonces Quetzalcóatl y su hermana llevaron una vida disipada, olvidándose ambos de su anterior pureza, así como del cumplimiento de sus obligaciones religiosas. Pasado un tiempo, sin embargo, sus mentes volvieron a recuperar la cualidad de pensar con claridad, y entonces comprendieron la magnitud de su falta. Arrepentido de sus pecados, Quetzalcóatl ordenó a sus criados que le hicieran un ataúd de piedra, y allí se metió durante cuatro días y cuatro noches para hacer penitencia. Después pidió a sus gentes que le siguieran hasta la orilla del mar. Y una vez allí hizo una gran pira funeraria; entonces, vestido con sus brillantes plumas, y luciendo la máscara que representaba a la serpiente de turquesas, se arrojó a las llamas.
La gran hoguera crepitó durante toda la noche; y, cuando se hizo el día, el cuerpo de Quetzalcóatl, convertido ya en cenizas, empezó a desperdigarse, saliendo de entre las llamas cual una bandada de pájaros. Sus criados, que se hallaban desconsolados junto a la pira, viendo cómo desaparecía su dios, pudieron ver una estrella nueva que brillaba en el cielo recién despejado de la mañana: El corazón de Quetzalcóatl se había convertido en la estrella de la mañana.
Los aztecas, en efecto, honraban a Quetzalcóatl como a un dios; pero hay otras narraciones que lo presentan como personaje histórico. Según una de esas historias era un sabio gobernante de Tula, la principal ciudad del Imperio de los toltecas, que se derrumbara allá por el año 990 de la era cristiana. Nueve reyes de los toltecas llevaron el nombre de Quetzalcóatl, por lo que es muy posible que las leyendas surgieran a propósito de algún personaje que en verdad existiera. Hay una vieja leyenda, también, que lo presenta como llegado de lejanas tierras.
Los días en los que Quetzalcóatl gobernó sobre Tula fueron tiempos de paz y de prosperidad. Había comida para todos, el algodón crecía por doquier en diversas plantaciones, y también había oro, plata y piedras preciosas. Las gentes de Tula eran diestros artesanos, y la ciudad muy próspera.
Sin embargo, pasado el tiempo, cuando Quetzalcóatl envejeció, sus habitantes se hicieron perezosos. Tezcatlipoca vio entonces llegada la oportunidad de actuar y expulsar a Quetzalcóatl de su tierra.
Disfrazado como un viejo de blancos cabellos, Tezcatlipoca se presentó en el palacio de Quetzalcóatl y pidió ver al rey.
—Vuestro rey está enfermo —dijo a los guardias—, y yo tengo un remedio que puede sanarlo. Llevadme ante él.
Tezcatlipoca tuvo franco el paso y ofreció a Quetzalcóatl una poderosa droga. Quetzalcóatl vio en el viejo que le visitaba un signo de que su propio reino tocaba a su fin, y preguntó al visitante a dónde debía dirigirse.
—Deberás ir a Tollantlapán —dijo Tezcatlipoca—. Allí encontrarás a un hombre viejo que te estará esperando y te volverá a convertir en un joven hermoso. Toma esta pócima y lo comprenderás todo.
Aunque estaba viejo y enfermo, Quetzalcóatl no se dejó engañar. Tomó la medicina, pero se negó a dejar Tula, y Tezcatlipoca tuvo que recurrir a una nueva treta. Se disfrazó de vendedor de chiles verdes, y se fue a la plaza del mercado, a las afueras del palacio, hasta que logró llamar la atención de la hija de Quetzalcóatl. La habían criado con gran esmero, y apenas había tenido trato con extraños; de manera que tan pronto como vio al apuesto joven se enamoró de él violenta y apasionadamente. Casi enferma de amor confesó a su padre que el único hombre con el que deseaba casarse era el vendedor de chiles verdes. Si no podía hacerlo, dijo, moriría.
Al principio, cuando Quetzalcóatl mandó a buscar al joven, no lo encontraron; pero justo cuando los mensajeros se disponían a regresar, como por arte de magia, apareció en su puesto del mercado y pudo ser conducido a palacio. Aunque no de muy buen grado, Quetzalcóatl lo aceptó como yerno. Y Tezcatlipoca comenzó a ejercer su influencia en la corte. Como era lógico, el matrimonio entre la hija de Quetzalcóatl y el vendedor de chiles verdes no fue bien visto por los tchecas y, para distraer su atención, Quetzalcóatl decidió atacar a una tribu vecina. Los "toltecas, entonces, vieron llegada la ocasión de acabar con el joven esposo y le dejaban siempre en las más peligrosas posiciones; pero él luchó bravamente y regresó triunfante de aquella guerra, más firme y seguro en su puesto que antes.
Entonces el vendedor de chiles verdes decidió desplegar sus poderes hipnóticos sobre los toltecas. Primero organizó un gran festival al que invitó a las gentes de diversos puntos del Imperio. Cuando la multitud estaba reunida comenzó a cantar y a golpear un tambor, pidiendo a las gentes que cantaran con él y que danzaran como él lo hacía. Ellos entonces siguieron el ritmo que marcaba el tambor y él, mientras danzaban sin parar como posesos, los llevó hasta un profundo barranco. El tambor sonaba cada vez más rápido y aquellas gentes, a su ritmo, cada vez bailaban con mayor ímpetu y furor; hasta que al cruzar un puente muy estrecho perdieron el equilibrio y cayeron al fondo del valle, donde quedaron convertidos en piedras.
Luego atacó a quienes trabajaban en los jardines de Quetzalcóatl, dejando cientos de muertos entre las flores; y acto seguido se convirtió en un hechicero y atrajo hacia sí a tanta gente que muchos murieron aplastados por la muchedumbre.
Un desastre seguía a otro, hasta que los toltecas se dieron cuenta de que su Imperio tocaba a su fin. Finalmente, hizo que se pudriera toda la comida que había en Tula y, disfrazándose de vieja, comenzó a tostar las reservas de maíz fresco. El buen olor de aquello llevó a los toltecas que aún vivían hasta la casa de la mujer, y allí Tezcatlipoca los destruyó.
Entonces fue cuando supo Quetzalcóatl que le había llegado el momento de partir. Fatigado, prendió fuego a la ciudad que él mismo había construido, enterró el oro y la plata en los valles de las montañas, convirtió los árboles del cacao en inútiles cactos, y ordenó a los pájaros de brillantes colores que se fueran. Sólo permitió que le acompañaran sus criados más fieles, sus enanos y sus gibosos.
En su caminar llegó hasta donde se levantaba un gran árbol, junto al que se detuvo a descansar, y pidió su espejo. Al mirarse vio que era, en efecto, un hombre viejo y cansado. Entonces, enojado, arrojó piedras contra el tronco, que allí quedaron incrustadas y que aún pueden contemplarse en ese lugar. En otro sitio, en el que se detuviera también para descansar, dejó la huella de sus manos y de sus piernas en una roca, en señal de que había pasado por allí. A quienes le preguntaban que a dónde iba, les respondía:
—Voy a aprender.
A pesar de todo, a pesar de que ya se marchaba, Tezcatlipoca continuaba persiguiéndole. De una u otra forma, tomó posesión de todos los conocimientos de Quetzalcóatl: De cómo trabajar el oro y la plata, las piedras, las pieles, y de cómo desenvolverse en las artes de la pintura y la escultura. En las frías faldas de las montañas, en donde estaban los volcanes Popocatepetl e Ixtaccihuatl, sus acompañantes, los enanos y los gibosos,.. murieron congelados, y Quetzalcóatl quedó entonces completamente solo.
Al fin, solo y cansado, Quetzalcóatl llegó al mar. Hizo uso entonces del último poder que le quedaba y construyó una balsa con culebras entrelazadas, montado en la cual se adentró en las aguas.

México - Mito Azteca - Los dioses Ometeod y Omecihuatl

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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En la antigüedad hubo dos dioses, Ometeod y su esposa Omecihuatl. Un día Omecihuatl dio a luz un cuchillo de piedra, en vez de un niño, que arrojó desde los cielos a la tierra. De inmediato, ciento diecisiete guerreros brotaron de la tierra, y cada uno de ellos era un hombre de gran valor y de mucha fuerza. Como eran orgullosos, y como estaban solos en la tierra, pidieron a su madre que creara una raza de criados que les sirviera.
—Vuestros pensamientos no son los propios de hombres nobles —-les dijo, entonces, Omecihuatl—. Los guerreros poderosos y arrogantes como vosotros tienen que pensar en algo más que en la satisfacción de sus deseos. ¡Vamos! Meditad un poco y decidme si no tenéis otras ideas mejores que esa. ¿Acaso no esperáis de la vida más que la satisfacción del hambre y de la sed? Sois descendientes de dioses, y vuestros pensamientos, que han de extenderse a lo largo y a lo ancho de la tierra, deben ser también los de los dioses.
—Eso no nos concierne —dijo el jefe de los guerreros—. Los soldados son hombres valientes, que no discuten ni piensan en la religión o en la filosofía. Amamos esta tierra; y amamos también su vino y todo cuanto nos otorga. Amamos la comida y amamos al sol. Todo lo que necesitamos, pues, son criados que nos atiendan y que nos procuren la comida y la bebida.
Omecihuatl no quiso seguir escuchándolos, y entonces los ciento diecisiete guerreros marcharon al mundo subterráneo, en el que reinaba Mictlantecutli, quien vivía amparado por la oscuridad de Mictlán, que ese era el nombre del reino que había bajo la tierra.
—Escúchanos —dijeron los guerreros—. A causa de las catástrofes habidas en las últimas Edades han muerto muchos hombres. Cayeron por culpa de las inundaciones y por culpa también de espantosos incendios y de terremotos.
¿Tienes tú, acaso, algún resto de aquellos seres? ¿Tienes su piel o sus huesos? Aunque nada dijeran al respecto, los guerreros abrigaban la esperarla de que si vertían su propia sangre sobre los huesos, o cualesquiera otros restos de cadáveres humanos, los muertos volverían a la vida. Así pues tendrían hombres y mujeres para repoblar la tierra; es decir, la raza de criados que deseaban para su servicio.
—Enviadme a un hombre y le daré un hueso —dijo el dios del mundo subterráneo. Ninguno de aquellos héroes se atrevía a entrar en el reino de Mictlán, pero llamaron en su ayuda a Xolotl, el dios de la magia, hermano gemelo de Quetzalcóatl, para que hiciera aquella tarea por él.
La región de la muerte estaba a oscuras y llena de humo, como si se tratara del interior de un volcán. Adoptando muchas precauciones, Xolotl llegó a donde se encontraban Mictlantecutli y su esposa Mictlancihuatl, que gobernaban sobre los espíritus de la muerte.
—He venido para llevarme los huesos de un cadáver —dijo.
—Lo que pretendes es muy peligroso —le dijo Mictlantecutli con mucha seriedad—. Esos hombres resultaron muertos porque enojaron a los dioses. ¿Te gustaría correr un riesgo semejante? 
—El riesgo es nuestra misión —dijo Xolotl en tono harto convincente—. Dadme los huesos. El dios del mundo subterráneo le dio entonces un hueso, y el dios de la magia, con mucha presteza, echó a correr tan velozmente como pudo, a lo largo de un sendero de piedra que conducía a la tierra.
—¡Devuélveme el hueso! —le gritó Mictlantecutli, que de repente había cambiado de idea. Pero fue en vano; era demasiado tarde. Como Xolotl iba corriendo, no podía mirar por dónde pisaba; y al cabo tropezó y cayó en medio de la oscuridad. El precioso hueso, al caer, se golpeó contra el suelo, rompiéndose en dos trozos, de los cuales uno era más grande que el otro. Xolotl logró empero recuperar los dos trozos, y siguió corriendo, aunque trastabillando; pero a la postre logró escapar, merced a sus poderes mágicos, de Mictlantecutli. Al fin llegó al lugar en donde se encontraban los ciento diecisiete guerreros.
—Lo conseguí —dijo jadeante—. Aquí están los huesos. Los guerreros le rodearon y, uno a uno, procedieron a hacerse un corte en sus brazos, con los puñales que llevaban, para derramar su sangre sobre los dos pedazos del hueso. Pocos días después, del trozo de hueso más grande salió un niño; y unos días después de semejante acontecimiento, nació del trozo más pequeño una niña. Los guerreros cuidaron con mucha solicitud a los niños, alimentándolos con jugo de cardo, y en poco tiempo crecieron hasta hacerse robustos y altos. Tal y como habían previsto los guerreros, de aquellos huesos nacieron sus criados, y de estos criados otros, y así sucesivamente, que sirvieron a las distintas generaciones de guerreros.

México - Mito Azteca - El monstruo creador

El pueblo Azteca, antes llamado Mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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En los comienzos del mundo, hubo un tiempo en el que no había más que agua. Y que en las aguas vivía un monstruo con muchas bocas. Los dioses Quetzalcóatl y Tezcatlipoca decidieron que aquella monstruosa criatura diera forma al universo, que entonces no tenía siquiera contornos. Los dioses, pues, levantaron al monstruo. Uno lo tomó por las patas de la derecha, y el otro por las patas de la izquierda. Así, tirando cada uno, estuvieron luchando durante un día y una noche, hasta que lo vencieron. Cuando estuvo agotado y ya no pudo seguir luchando, los dos dioses partieron al monstruo en trozos. Con la parte inferior de su cuerpo hicieron los cielos, y con la parte superior la tierra. De su pelo crearon la hierba y los árboles, de su piel las flores, de sus ojos las cuevas y los manantiales, y de su nariz los montes y los valles.
A la llegada de la noche, sin embargo, el Monstruo Tierra comenzó a gritar, cosa que oyeron los dioses, pues tenía hambre y pedía corazones humanos para comer y sangre para saciar su sed. Para satisfacerlo, se precisaban numerosos sacrificios, así que los aztecas comenzaron a matar a sus enemigos para que el Monstruo Tierra pudiera calmar su hambre.

México - Mito Azteca - El árbol de la creación

Árbol de la vida en la mitología azteca
El pueblo Azteca, antes llamado Mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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Las historias que acerca de la creación del mundo contaban los aztecas, comenzaban hablando de un universo vacío en el que nada vivía, salvo los dioses. No había luz y todo esto, en consecuencia, era oscuridad. Una de las historias cuenta que, entre los dioses, había un príncipe que vivía con su amada esposa y con su hijo. La familia habitaba una cueva y allí desgraciadamente murió el hijo.
Los padres lo enterraron cuidadosamente en la tierra, y de sus cabellos brotó el algodón, de sus orejas las plantas y las semillas, de las ventanas de su nariz las aromáticas hierbas que curaban la fiebre, de sus dedos los boniatos, y, finalmente, de sus uñas, el maíz.
El hombre ya tenía alimentos y pronto apareció, por ello, sobre la faz de la tierra; pero aunque poseía todas las plantas y todos los frutos del mundo carecía de sentimientos hacia sus hermanos, los hombres, y no miraba más que por su diaria supervivencia.
Otra historia narra cómo aparecieron los viñedos sobre la tierra. Ehecatl, el dios del viento, otra forma del gran dios Quetzalcóatl, se enamoró de una muchacha llamada Mayahuel, que vivía en la casa de los dioses bajo la custodia de una vieja mujer llamada Tzitzimil. Ehecatl fue a visitarla un día mientras la guardiana dormía. Despertó suavemente a la muchacha, y partieron en secreto, sin perturbar el sueño de la vieja. Bajaron entonces a la tierra, y tan pronto como sus pies tocaron el suelo, se convirtieron ambos en un árbol que tenía dos poderosas ramas, una nacida del dios del viento y la otra de Mayahuel. La rama nacida de Ehecatl pronto echó verdes y frescas hojas, las cuales, sin embargo, no poseían la belleza de las finas y delicadas flores que cubrieron la rama nacida de Mayahuel.
Cuando la vieja guardiana Tzitzimil despertó, montó en cólera, pues había perdido a la muchacha cuya custodia le mera confiada, y acompañada de una tropa de jóvenes dioses bajó a la tierra para castigar a los fugados. Puso en ello todo su afán, y no pasó mucho tiempo hasta que logró dar con el árbol y pudo reconocer, merced a las flores de su rama, a Mayahuel. Furiosa, llamó al relámpago para que cayera sobre el árbol y separara las dos ramas. Una vez truncada la rama que naciera de Mayahuel procedió a convertirla en astillas, que entregó a los jóvenes dioses, los cuales los arrojaron a la tierra después de mordisquearlas hasta reducirlas a su mínima expresión. 
La rama que naciera de Ehecatl, sin embargo, permaneció intacta. Al regresar a su lugar de residencia Tzitzimil y los jóvenes dioses, Ehecatl, el dios del viento, adoptó de nuevo su forma común. Preso de la tristeza, caminó sobre la tierra por donde los dioses habían diseminado los trozos de la rama nacida de Mayahuel. Y mientras lamentaba la pérdida de su amor vio que las astillas se habían convertido en un hueso, al que dio sepultura en el campo. De aquel hueso brotó la primera viña, que floreció tanto como lo hiciera la rama nacida de Mayahuel, y que procuró a los hombres posteriormente el vino.

martes, 28 de enero de 2014

México - Mito Azteca - El dios Nanahuatzin

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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Después de que concluyera la Edad del cuarto Sol, nada alumbraba el mundo. Sin luz nada podía crecer. Las plantas no daban fruto, los humanos no podían vivir, los animales no podían ver los senderos del bosque. Los dioses entonces decidieron reunirse para adoptar una solución. Al fin encargaron a un pequeño dios, que tenía la piel cubierta de costras y de manchas, y al que nadie tenía en gran estima, que diese luz al mundo.
—Tú, Nanahuatzin, te ocuparás de buscar la luz, crearás el sol y traerás el calor que da vida al hombre —le dijeron los otros.
Nanahuatzin aceptó humildemente el encargo, pero al mismo tiempo otro dios, que era más bien engreído, se ofreció a ayudarles, esperando alcanzar con ello influencias y gloria. Se llamaba Teccuciztecatl y era el dios de las conchas marinas. 
Antes de realizar el importante evento de crear un nuevo Sol, hasta los mismos dioses deben prepararse para el acontecimiento, y Nanahuatzin y Teccuciztecatl pasaron cuatro días ayunando y haciendo penitencia para purgar sus pecados anteriores. Así quedarían exentos de cualquier mal sentimiento que pudiera afectar al objeto de su creación. Una vez acabado el ayuno los dos dioses encendieron una hoguera, y ante sus llamas hicieron sendas ofrendas. Las de Teccuciztecatl fueron magníficas. Allí puso hermosas piedras de chispas, brillantes plumas de pájaros sagrados, piedras preciosas y pepitas de oro. El pobre Nanahuatzin, sin embargo, no tenía más que objetos humildes que ofrendar; pero dio todo lo que poseía: Verdes hojas, hierbas, cañas, lianas, espinas teñidas con su propia sangre y las costras de sus heridas. Todos los dioses se echaron a reír ante el contraste de las ofrendas de ambos, pues las más deslumbrantes eran las de Teccuciztecatl.
Llegó el momento de dar comienzo a la ceremonia, justo a la media noche, cuando la oscuridad del mundo era más cierta; entonces los dos dioses hicieron otra gran hoguera, ante la cual se postraron. Teccuciztecatl iba vestido muy bellamente, con ricas prendas; Nanahuatzin, por el contrario, vestía pobremente, con ropas hechas de cortezas de árbol. Su tarea consistía en el sacrificio de ambos, para así crear el Sol que daría la luz al mundo.
Teccuciztecatl fue el primero en intentar arrojarse al fuego; más en cuanto sintió que se quemaba, dio un paso atrás. Trató de hacerlo de nuevo, pero otra vez dio un paso atrás. Lo intentó cuatro veces, pero en ninguna tuvo el valor necesario para arrojarse al fuego. Entonces, Nanahuatzin, pequeño y humilde como era, se dirigió a las llamas tranquilamente y poco después desaparecía en medio de ellas. Teccuciztecatl sintió entonces mucha vergüenza por su comportamiento. 
Mientras los otros dioses alababan la valentía de Nanahuatzin, una gran luz se hizo en el cielo, y el pequeño e insignificante dios, por su propio pie, salió entonces de entre las llamas, convertido en el mismísimo Sol. Poco después, Teccuciztecad se convirtió en la Luna, y brilló merced al reflejo del Sol. Los dioses, a la sazón, dieron en reírse del ampuloso dios que había querido convertirse en Sol, y que no era capaz de brillar salvo cuando el otro dios, el Sol verdadero, le alumbraba. Como burla, le arrojaron un conejo a la cara.
Desde entonces, los contornos de un conejo adornan la cara de la luna. El nuevo Sol y la nueva Luna, sin embargo, no poseían el don del movimiento. Y para que cada uno de ellos pudiera recorrer su camino en el cielo, los otros dioses decidieron también ellos sacrificarse. Uno a uno fueron arrojándose al fuego, a excepción del dios llamado Xolotl, hermano gemelo del gran Quetzalcóatl. Tenía mucho miedo de arrojarse a las llamas, y de cambiar su ser, hasta que al cabo los demás lo agarraron y lo tiraron a la fuerza a las llamas.
Cuando salió, Xolotl lo hizo convertido en el dios de la magia y de los magos, capaz de transmutar cualquier cosa. Aún seguían el Sol y la Luna en el cielo sin movimiento y Quetzalcóatl, entonces, hizo que soplara un fuerte viento, que con su violencia logró que al fin el Sol y la Luna se desplazaran a lo largo y a lo ancho del cielo.
Entonces dio comienzo la Edad del Quinto Sol. 

México - Mito Azteca - La inundación, Tata y Nena



El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito de Tata y Nena sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.

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Según la tradición azteca, la historia del mundo se debe a cinco Edades, o cinco Soles. Hay distintas versiones acerca de la leyenda de los Soles.
Algunos dicen que la primera Edad se asentó en un mundo dominado por la oscuridad, en el que sólo había animales merodeando por las vastas extensiones en donde no podía darse ningún otro tipo de vida. De haber existido ya por aquel entonces los humanos, hubieran sido devorados por los gatos monteses y por los ocelotes. Tan poderosos eran aquellos animales, que su tiempo es conocido como el de la Edad de los Gatos Monteses.
Sin embargo, al cabo del tiempo hubo gente que sobrevivió, porque los ocelotes no fueron capaces de comérselos a todos; pero, cuando la Edad de los Gatos Monteses llegó a su término, los hombres que allí quedaban se convirtieron en monos.
Muchas de aquellas leyendas señalan que los primeros cuatro Soles fueron llamados según los cuatro elementos: Tierra, Aire, Fuego y Agua. E incluyen, también, una Edad del Hambre. Durante cada edad del Sol aparecía la vida; pero toda Edad concluía en una catástrofe. El Sol Tierra, que según algunos fue también la Edad de los Gigantes, acabó violentamente en un terremoto y las montañas cayeron al mar. El Sol Fuego sucumbió batido por una lluvia de lava, que sembró de fuego abrasador toda la tierra. Los únicos supervivientes fueron los pájaros, y algunas gentes capaces de convertirse en aves y escapar volando del peligro. El Sol Aire cayó merced a los huracanes y a los vientos que arrancaban árboles, edificaciones, e incluso rocas y acantilados. El Sol Agua acabó en una gran inundación, que ahogó a todas las criaturas vivientes, excepto a los peces y a dos humanos, Tata y Nena.
Tata y Nena se encontraban trabajando la tierra un día, cuando el Sol Agua fue a buscarlos. Se acercó y les dijo:
—Voy a desatar un gran diluvio que cubrirá toda la tierra y que arrasará a todo ser que la habita. Pero vosotros os salvaréis.
—¿Y cómo podremos ponernos a salvo cuando desates la inundación, oh Sagrado Sol Agua? —le preguntó Nena.
—Debéis ir a uno de los grandes árboles que se levantan en medio del bosque —dijo el Sol Agua— y meteros en el agujero que hay en su copa, como si fuerais monos que quisieran esconderse. Aseguraos de que el agujero esté en verdad en la copa del árbol, muy lejos del suelo. Después, os metéis allí hasta que el caudal de las aguas descienda. Pero recordad que, cuando echéis pie a tierra otra vez, no deberéis ser glotones y comer más de lo que preciséis. Os conformaréis, únicamente, con una mazorca de maíz para cada uno, nada más.
El hombre y la mujer partieron, y efectivamente encontraron al poco un árbol, que era el más grande de cuantos se alzaban en el bosque; un árbol que tenía cientos de años, y que parecía tocar el cielo. Treparon por su tronco, y allí, en lo más alto, entre las robustas ramas, hallaron un gran agujero. Había sitio suficiente para ambos, y en semejante lugar buscaron acomodo. Llegaron al cabo las aguas, y la inundación hizo que su nivel subiera más y más, arrasando todo cuanto encontraban a su paso. Tata y Nena se encontraban a salvo en el agujero del árbol, y desde allí les era dado contemplarlo todo: Ramas que flotaban, árboles arrancados de raíz, cacharros de cocinar y herramientas de labranza, animales y gentes en las aguas. Después de lo que les pareció a ambos mucho tiempo, el caudal de las aguas descendió. Entonces los dos humanos salieron del escondrijo y descendieron con cuidado por el gran tronco, que seguía firmemente aferrado a sus raíces y a la tierra. Comenzaron, a la sazón, a buscar algo de comer; y cuando vieron un pez que nadaba en las aguas de un arroyo que aún tenía un elevado caudal, a causa de la inundación anterior, se olvidaron por completo del consejo que les diera el Sol Agua.
—Pesquémoslo —dijo Tata. Y cogieron al pez, hicieron un fuego con ramas, y comenzaron a cocinarlo. El humo del fuego se extendió entre las ramas de los árboles que seguían en pie, y un hilillo ascendió a los cielos. El Sol Agua vio el humo y entonces decidió bajar para ver lo que cocinaban.
—¿Por qué me habéis desobedecido? —tronó—. Os dije que no comierais más que una mazorca de maíz.
Acto seguido tomó un gran palo y les golpeó en la cabeza, removiendo la parte de su cerebro que había hecho a los humanos seres semejantes a los dioses, y los convirtió en perros. La Edad del Sol Agua había concluido.
El quinto Sol nació en Teotihuácan, la ciudad sagrada en donde mera levantada la pirámide en honor del Sol. El quinto Sol unió los cuatro elementos, y de tal unión surgió la Edad en la que vivimos. Algunos sostienen que la presente es la Edad de los Terremotos, del Hambre, de la Guerra y de la Confusión; otros dicen que, bajo el influjo del quinto Sol, el mundo sobrevive porque los cuatro elementos se conjugan perfectamente. Pero, según los aztecas, la armonía no podrá mantenerse a menos que el hombre observe el respeto debido a las divinidades y sea virtuoso.