Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.

Para hacer de este Blog un espacio compartido, agradeceremos los aportes de los lectores, ya sea para transcribir el mito de un país, como para expresar sus opiniones sobre la página o sobre algún mito en particular. En ambos casos pueden utilizar el vínculo de COMENTARIOS que hay al final de cada mito.
¡Ayúdenos a hacer de esta página un Banco de Mitos Latinoamericanos!




Free counter and web stats



miércoles, 7 de mayo de 2014

Guatemala - Mito Maya - La creación

La primera versión escrita de este mito del Popol Vuh permaneció oculta hasta 1701, cuando los mayas de de la comunidad de Santo Tomás Chuilá, Guatemala, la mostraron al sacerdote dominico Fray Francico Ximénez. Las secciones que aquí comentamos proceden de las partes primera y tercera del Popol Vuh (que consta de cuatro partes). Se refieren a la creación del mundo, las migraciones y el asentamiento final de los antepasados del pueblo quiche. El siguiente mito fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
Fue aquél un tiempo en el que todo estaba en calma y en silencio, en el que no existía el movimiento, en el que la inmensidad del firmamento estaba vacía. No había hombres ni animales. No había pues ni pájaros, ni peces, ni cangrejos, ni árboles, ni piedras, ni cavernas, ni cañadas, ni hierba. Sólo existían el cielo inmenso y el mar tranquilo. No había tierra; nada que se moviera o que hiciese ruido; nada que sobresaliese rompiendo la línea del horizonte entre el cielo y el mar.
La noche se cernía siempre sobre la superficie del mar; pero en sus más profundas aguas vivían Tepeu y Gucumaz, el Creador y el Hacedor de Formas, respectivamente. Como dioses, propendían naturalmente a la meditación sobre los misterios de la vida; y allá en el fondo, tendidos bajo un dosel de plumas verdes y azules, charlaban sobre el Corazón del Cielo, que era el gran dios compuesto por tres deidades: Cacuihá Huracán (el Relámpago), Chipi Cacuihá (el Rayo) y Raxa Cacuihá (el Trueno). Y así siguieron discurriendo y dieron en hablar de la luz y de la vida, y decidieron trocar la oscuridad de la noche en luz del día, para que el mundo conociera la luz.
—Hágase la luz —dijeron—, que el día resplandezca sobre el mar y sobre las tierras que vamos a crear. Y que sea el hombre la primera gloria de la tierra.
Todo sucedió como ellos habían ordenado. Los mares encontraron cauce en sus nuevos límites, y las montañas emergieron de entre las aguas, conformando tierras secas. Con las montañas aparecieron los cipreses y los pinos, a la vez que los ríos descendían de las zonas rocosas hasta las planicies. Todo aquello fue obra del Creador y del Hacedor de Formas, a quienes ayudaron en su tarea las tres divinidades constituyentes del Corazón del Cielo.
Una vez creados los árboles y las montañas, los dioses hicieron los pequeños animales de los bosques, los guardianes de la vegetación y los espíritus de las montañas: Ciervos, jaguares, hienas, pájaros y serpientes. El Creador y el Hacedor de Formas asignaron a cada animal un lugar en donde vivir. Así pues, el ciervo, se fue a las proximidades de los ríos, los felinos marcharon a lo más espeso del bosque, los pájaros treparon a los árboles, y las serpientes a las rocosas colinas.
—Ahora, pronunciad nuestros nombres —dijeron el Creador y el Hacedor de Formas, y también los tres dioses del Corazón del Cielo—.
Nuestra gloria no será completa mientras haya un solo ser que no sepa adorarnos.
No pudieron los animales satisfacer el deseo de los dioses: Todo lo que podían hacer ellos era gritar, o emitir cualquier otro sonido, de acuerdo con la naturaleza de cada uno.
—Es inútil —dijeron los dioses—. Si estos animales no saben siquiera pronunciar nuestros nombres ¿cómo van a ser capaces de adorarnos?
En consecuencia, los dioses decidieron que aquellos animales que acababan de crear serían seres inferiores, destinados a la caza, para que sirvieran de alimento. Fue entonces cuando los dioses decidieron crear al hombre.
—Hemos de apresurarnos —dijeron—, pues llega el amanecer y no tenemos a nadie que nos adore.
Primero, los dioses hicieron un hombre de barro extraído del fondo de los mares, mas no quedaron satisfechos: Su cuerpo era excesivamente blando y deforme; la cabeza se le caía hacia un lado y le resultaba imposible torcer el cuello para mirar hacia atrás; además, no tenía fuerza ni en las piernas ni en los brazos. Podía hablar, pero no tenía entendimiento; y cuando lo pusieron en el agua, su cuerpo de barro se disolvió para desperdigarse en la corriente.
El Creador y el Hacedor de Formas se percataron de que tal hombre no serviría a sus propósitos, y decidieron consultar a otros dioses, para lo cual llamaron a la Abuela del Día y a la Abuela del Amanecer, dos ancianas divinidades que podían leer el futuro de todas las cosas. Juntas hicieron hombres y mujeres de madera. Aquellos seres se parecían al hombre de barro, si bien se diferenciaban de él en que eran fuertes y vigorosos. Poco después comenzaron a tener hijos, que se desparramaron por toda la faz de la tierra.
Todavía, empero, no poseían la facultad del entendimiento, y nada sabían acerca del Creador ni del Hacedor de Formas. A duras penas caminaban erguidos, con los ojos fijos en la tierra. Al descubrir que las criaturas creadas tampoco podían servirles, los dioses decidieron destruirlas, para lo cual desataron una gran inundación, y enviaron cuatro pájaros de tamaño descomunal para que atacaran a tales seres. Además, los animales que con ellos convivieran hasta entonces se rebelaron y acusaron a esos seres de madera de prodigarles malos tratos. Sus potes y otros cacharros de cocina dijeron también que no recibían de ellos el tratamiento adecuado:
—Durante días y noches nos habéis machacado la superficie con palos y piedras, y nos habéis quemado tontamente en las llamas. Ahora os toca sufrir a vosotros.
Hasta las piedras de las chimeneas se abalanzaron sobre los hombres de madera y les golpearon la cabeza. Muchos fueron destruidos en sus propias chozas; otros intentaron huir, pero pronto se dieron cuenta de que el mundo entero se había puesto en su contra. Cuando trataron de escapar, subiéndose a los tejados para ello, sus chozas se hundieron bajo el peso de sus pies; los árboles se alejaban al verlos llegar, y las cuevas cerraron sus puertas hasta entonces abiertas, con peñas gigantescas, para que tampoco en su interior pudieran hallar solaz. Algunos lograron refugiarse en la selva y sus descendientes se convirtieron en monos, que son animales desprovistos de, sentido común, y que parlotean incensantemente.
Los dioses se reunieron en consulta una vez más y, antes de que rompiera el amanecer, crearon los primeros seres humanos, haciendo su carne con maíz blanco y con maíz amarillo, y sus brazos y piernas con masa de maíz. Con un caldo especial dieron fuerza y energía a los huesos y los músculos. Aquellos primeros seres así creados fueron del género masculino y recibieron los nombres de Balam-Qui^e, Balam-Ácab, Manucutab e Iqui-Balam. Eran cuatro hombres sabios y buenos, capaces de ver cosas que ignoran los hombres de hoy día. Los dioses, entonces, decidieron someterles a prueba.
—Mirad —dijeron a los cuatro hombres—, ¿acaso no es la tierra un hermoso lugar? Mirad, qué bellas son las montañas y los valles. ¿No es un gozo sentirse vivo y ser capaz de comprender, de hablar y de moverse?
Los cuatro hombres miraron a su alrededor y convinieron en que el mundo era un lugar maravilloso.
—Nos habéis concedido el sentido común y el movimiento —les respondieron—. Podemos hablar y entender, podemos pensar y caminar.
Desde donde nos encontramos podemos divisar cualquier cosa, esté cerca o esté lejos, tan claramente como podemos ver a cada uno de nosotros. ¡Alabado sea el Creador y alabado sea el Hacedor de Formas!
Durante algún tiempo los dioses quedaron plenamente satisfechos de los humanos de su creación, pero al cabo empezaron a temer que los cuatro hombres llegaran a saber demasiado. Para evitar que esto sucediera, el Corazón del Cielo echó un aliento sobre sus ojos para que no pudieran ver tan claramente como solían, y para que vislumbraran el mundo como a través de un cristal empañado. Al retirarles la aguda visión, los dioses les privaron de su sabiduría y de la percepción que tenían las cosas secretas y les dejaron sólo un sentido limitado de los misterios propios a la existencia. De no proceder en semejante sentido, pensaron los dioses, los cuatro hombres podrían haberse convertido en dioses.
A la par que los dioses mermaban la capacidad de percepción de los hombres, otorgaron a los humanos un don: el del sueño. Mientras dormían los cuatro hombres, cuatro hermosas mujeres llegaron junto a ellos, para convertirse en sus esposas, y, con el tiempo, hombres y mujeres procrearon y se extendieron por sobre toda la faz de la tierra. Vivían juntos, pacíficamente; todos hablaban la misma lengua y oraban a los mismos dioses, al Creador y al Hacedor de Formas, al Corazón del Cielo y al Corazón de la Tierra.
Oraban para pedir hijos y luz; aún no existía el sol, y la tierra estaba oscura y húmeda por las inundaciones, y los humanos no conocían el fuego. Después de que transcurriera un largo tiempo sin sol que les diera luz y calor los cuatro hermanos marcharon a Talan-Zuiva, el lugar de las Siete Cuevas y los Siete Valles. Allí fueron visitados por los dioses que tomarían bajo su amparo a cada familia. Un dios para cada clan. El dios del clan de Balam-Quizé fue llamado Tohil; y la primera dádiva que de su magnificencia recibieron fue la del fuego. Los hermanos se llevaron cuidadosamente la llama; y cuando llegaron las lluvias y apagaron el fuego, Tohil hizo que brotara otra chispa de sus zapatos. La buena nueva del fuego se propagó rápidamente, y muchos hombres de otras tribus acudieron a calentarse y a llevarse una tea encendida a sus hogares.
Tohil los recibió con crueldad y les exigió sacrificios humanos en pago por el fuego. El sol seguía sin aparecer y los hermanos intentaban localizar a la Estrella de la Mañana, pues sabían que era señal de la inminente aparición del  sol. Al cabo, desalentados, se dijeron que jamás verían, el sol desde aquellas tierras que habitaban, y se pusieron en camino, atravesando muchas regiones, hasta llegar a las montañas de Hacavitz. Mientras quemaban incienso al pie de la montaña vieron cómo la Estrella de la Mañana se elevaba lentamente por encima de su cumbre.
Poco a poco el cielo fue iluminándose, hasta que apareció el gran disco redondo del sol. El nuevo sol no calentaba con la fuerza del sol que hoy conocemos, pero resultaba ser lo suficientemente cálido como para secar la tierra húmeda y hacer más confortable la vida en ella.

Antes de su aparición los grandes animales habían hollado aquella tierra; eran tigres gigantescos y jaguares, monstruosas serpientes pitón y víboras. Bajo el influjo de los dioses del clan se convirtieron en figuras de piedras, con las patas retorcidas como las ramas de los árboles. El mundo era ya un lugar placentero para los humanos, y los ancestros de la tribu Quiche fundaron en aquellas montañas su hogar.

viernes, 25 de abril de 2014

México - Mito Azteca - La guerra de los Soles

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
Se cuenta que, hace muchísimos años, hubo dos soles, uno viejo y otro joven. Un día, el viejo Sol le dijo al joven:
—Vamos a buscar un poco de miel para comer.
—Sí, me gustaría tomar un poco de miel —dijo el joven—, pero me duele una pierna y no puedo subir a un árbol.
—No te preocupes —le dijo el viejo Sol—. Yo subiré al árbol.
—¿Y me darás un poco de miel?
—Por supuesto —dijo el viejo Sol—. ¿Por qué no?
Los dos soles se adentraron en el bosque y pronto encontraron un árbol que tenía miel. 
—Subiré y, desde lo alto, te tiraré parte del panal —dijo el viejo Sol. Y trepó al árbol, hasta llegar a una rama en la que las abejas habían hecho su panal. Enseguida empezó a atiborrarse del dulce líquido.
—¡Eh! ¿Y yo qué? —gritó el joven Sol desde abajo.
—Espera un poco. Enseguida te doy un poco —dijo el viejo Sol, desde la copa del árbol—. Abre la boca.
El joven Sol miró hacia arriba con la boca abierta, y entonces el viejo Sol le tiró un trozo de panal. Para desgracia del joven Sol, ya no quedaba ni una pizca de miel y aquello no era sino una masa de cera.
El joven Sol protestó, pero el viejo le dijo que él había comido exactamente lo mismo.
—Toma, prueba ese trozo —le gritó, arrojándole otro pedazo de cera. - El joven Sol se enfadó mucho.
—Ya te daré yo a ti cera, ya —murmuró; y comenzó a modelar figuras de animales con la cera, y a ponerlas alrededor del tronco del árbol.
Uno a uno, los pequeños animales de cera cobraron vida; hasta que, al fin, se convirtieron en una manada de agutís, que empezaron a roer la tierra y luego las raíces del árbol. El viejo Sol, que seguía trasegando miel, no se enteró de nada hasta que el árbol comenzó a resquebrajarse y a tambalearse.
—¿Qué pasa? —preguntó el viejo Sol—. Parece que el árbol se tambalea... ¡Socorro!
Y el árbol, en efecto, con gran estrépito, cayó al suelo. En ese instante el viejo Sol desapareció del mundo, pero en su lugar apareció una manada de cerdos, de los cuales descienden todos los cerdos y jabalíes que hoy día existen. Se cuenta que su carne es rica y dulce, pues nacieron del Sol que se había comido toda la miel de aquel panal.

miércoles, 23 de abril de 2014

México - Mito Azteca - El dios Huitzilopochtli


El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Huitzilopochtli sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
En la presente historia, el principal dios de los aztecas es Huitzilopochtli, cuyo nombre significa literalmente «Colibrí del sur». Con Quetzalcóatl, la serpiente con plumas, Tezcatlipoca, el espejo de humo, y Xiutecutli, el fuego amarillo, Huitzilopochtli fue uno de los grandes dioses, e hijo de los creadores del universo. Cuando nació, Huitzilopochtli no era más que un esqueleto, sin carne y sin rasgos. Más tarde volvió a nacer en forma de guerrero adulto, dios del Sol y de la Guerra.
Se cuenta que, hace mucho tiempo, las siete tribus de los aztecas vivían en Aztlán, la tierra blanca, en el lugar de las siete cuevas. Era aquélla una tierra fértil, con peces y aves acuáticas de todas las especies, con pájaros de plumas multicolores, con praderas de hierba y de flores, y con plantaciones de maíz, de chile, de tomates y de fríjoles. Un día, un hombre que paseaba entre los árboles oyó a un pájaro que le llamaba urgentemente:
—Tihui... Tihui... Tihui... Se detuvo a escucharlo, y se dio cuenta de que el pájaro decía en la lengua de los aztecas las siguientes palabras:
—Tenéis que iros... Tenéis que iros...
—¿Qué habrá querido decir? —preguntó el hombre a su gente. Y como nadie le pudo dar una respuesta, marcharon hacia donde se encontraba Tecpakzin.
—Ese pájaro es un sabio —dijo Tecpaitzin cuando escuchó la historia—. Tenemos muchos enemigos, y ha llegado el momento de buscar otra tierra. No esperaba más que una señal para partir. Los dioses han hablado por boca del pájaro.
Entonces los aztecas se reunieron, e hicieron una imagen de su gran dios, el dios Sol, Huitzilopochtli. Pusieron luego la imagen sobre unas andas hechas de juncos, y lo llevaron bien alto, al frente de la caravana, dejando que los guiase hada el sur. Antes de partir, Huitzilopochtli se había dirigido a los sacerdotes en los siguientes términos:
—El lugar elegido se encuentra en las orillas de un lago, muy lejos de aquí. Allí encontraréis un águila, posada sobre un cacto que brotó de una roca. En las garras del águila hay una serpiente enroscada, y las abiertas alas del gran pájaro brillarán bajo los rayos del sol naciente. En donde veáis esta señal deteneos y fundad la ciudad. Las siete tribus partieron juntas, formando una gran caravana de indios, compuesta por hombres, mujeres y niños, que llevaban sus pertrechos liados en un hato, y que acarreaban a sus animales. Al poco se adentraron en una región muy distinta a la de Aztlán. La tierra era dura y pedregosa, y de continuo se herían los pies con las espinas y con los cardos. Entre la escasa hierba se deslizaban ratas y culebras, y grandes y fieros animales amenazaban constantemente a los componentes más débiles de la caravana.
Durante el largo viaje, el dios Huitzilopochtli decidió someter a prueba a las siete tribus. Para ello llamó al jefe Tecpaitzin y le dijo:
—Mañana por la mañana encontraréis dos hatos en el lugar en donde acampéis. Uno contendrá un puñado de palos, y el otro una valiosa joya. Pide a tu gente que escoja uno de los dos, pues así podré juzgar cuál es la tribu más sabia de todas.
A la mañana siguiente, tal y como había dicho el dios, aparecieron los hatos, y las tribus comenzaron a pelearse por ellos. Al principio, todos querían hacerse con el hato que contenía la joya; pero al rato, los más juiciosos, cambiaron de idea. La joya, en efecto, era muy bella; pero con los palos podrían hacer fuego, construir cabañas, y labrarse bastones y flechas. Todo ello les resultaría, durante el viaje, más útil que las piedras preciosas. Así, que las tribus se dividieron: Los antepasados de los aztecas escogieron el hato que contenía los palos, mientras que otras tribus se decidieron por la joya. Después cada tribu siguió su viaje.
Después de muchos años de vagabundeo y dificultades, las tribus aztecas llegaron a la ciudad de Tula, y allí se establecieron durante un tiempo, viviendo en paz y en prosperidad. Algunos pensaron que sería aquél su lugar de asentamiento definitivo, pero los sacerdotes de Huitzilopochtli sabían que era su deber continuar. Muchos, entonces, se mostraron reticentes; se habían establecido en Tula y allí habían nacido sus hijos, que no conocían otras tierras. Así, pues, el propio Huitzilopochtli decidió dirigirse a ellos:
—Haced lo que os digo y seguidme: tomaré la forma de un águila blanca. Soy vuestro Dios, yo soy el Sol que vela y protege vuestras vidas, el que os mantiene tibios. Aquel que me desobedezca y no me siga no es un buen azteca. Caminad, únicamente, cuando me veáis; y cuando mi brillo se apague, descansad. Esa será la señal, y allí construiréis mi templo.
Los aztecas escucharon muy respetuosamente, e hicieron todo lo que su dios les ordenó. Marcharon tras él, que nuevamente se había convertido en un águila blanca que brillaba a la luz del sol.
Al fin, los aztecas llegaron al Valle de México, junto al cenagoso lago Tezueo. Allí, entre las cañas, encontraron la señal que habían esperado. 
Una gran águila, posada en un cacto que brotaba de una roca bañada por las aguas del lago. Tenía abiertas sus grandes alas, prestas para el vuelo, y una serpiente se enroscaba a sus garras. 
Entonces el dios se dirigió de nuevo a su pueblo:
—Desde aquí partiréis a la conquista de todos los rincones de la tierra, y someteréis a sus gentes, pues me pertenecéis y no hay en todo el universo un Dios Sol como yo. Si lucháis y perseveráis obtendréis todo cuanto pueda colmar vuestros deseos.

viernes, 7 de marzo de 2014

México - Mito Azteca - El dios Quetzalcóatl

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Quetzalcóatl sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
Quetzalcóatl, la serpiente con plumas, fue quizás el dios más significativo de entre aquellos a los cuales rindieran culto los aztecas. En sus distintas formas aparecía como dios del cielo y del sol, como dios de los vientos, de la estrella de la mañana, y también como el benefactor de la humanidad. Su nombre proviene de la palabra quetzal, nombre de un raro pájaro que tenía una larga cola de plumas, y de coatí, palabra con la que se designaba a la serpiente. Bajo diferentes denominaciones fue adorado a lo largo y a lo ancho de México y de la América Central. En su honor se hicieron las grandes pirámides de los templos de México, y se levantó la ciudad sagrada de Cholula, así como un templo circular en la corte de Tenochtitlán.
Quetzalcóatl era hijo de Coatlicue, diosa de la tierra. Un día se encontraba ella en lo alto de una colina, haciendo penitencia con sus hermanas, cuando a su lado cayó del cielo una pluma. La cogió y la puso junto a su pecho, y quedó preñada. A su debido tiempo nació su hijo. Quetzalcóatl fue un niño bueno y dócil, que tenía tan buen corazón que apenas se atrevía a coger una flor por no hacerle daño. Cuando se le pidió que hiciera sacrificios rehusó, ofreciendo en su lugar pan, flores y perfumes. Sin embargo era muy duro consigo mismo, y para hacer penitencia se flagelaba la espalda con espinas de cactus, hasta que le brotaba sangre.
A medida que fue creciendo descubrió muchos secretos y destrezas, que enseñó a la humanidad. Encontró el escondite del maíz, se enteró del valor de las piedras preciosas, del oro y de la plata, de las conchas marinas de colores y las plumas de los pájaros, y aprendió a usar las distintas plantas.
La bondad e integridad de Quetzalcóatl irritaron al gran dios Tezcatlipoca, el Espejo de Humo, que era todo lo contrario a él. Se decía que era liviano, y tan rápido, que podía descender dé los cielos bajando por una cuerda hecha con la tela de una araña. Era el dios de la alegría; pero, a la vez, era el dios de la discordia y de la hechicería, de la prosperidad y de la destrucción, además de un gran tramposo, que exigía a los hombres sacrificios humanos y muertes para sustentarse.
Un día Tezcatlipoca se acercó a donde se encontraba Quetzalcóatl y le puso frente a los ojos un espejo para que se viera. Quetzalcóatl, horrorizado, vio entonces cuan viejo era, y sus ojos se entristecieron. Pensó que defraudaría a su gente si lo contemplaban así, por lo que de inmediato tapó su rostro y marchó a ocultarse. 
Tezcatlipoca, sin embargo, corrió tras él y le convenció de que se mirase nuevamente en el espejo. Entonces, por el contrario, le dio un rico vestido adornado con las plumas de un quetzal, y una máscara azul que representaba a una serpiente hecha de finas turquesas. Complacido por su visión, Quetzalcóatl volvió a permitir que sus gentes lo contemplaran.
Tezcatlipoca, no obstante, quedó insatisfecho con aquella demostración de su poder; en realidad quería destruir al puro Quetzalcóatl por completo. Así pues, simulando ser su amigo, ofreció a Quetzalcóatl una copa de pulque, una especie de vino hecho con la savia fermentada de la pita. Al principio Quetzalcóatl rehusó beber; pero al fin metió un dedo en la copa para probar aquel vino. 
Después se echó un trago, luego otro, y otro más, y acabó cogiéndole gusto. Como estaba muy alegre mandó llamar a su hermana, y juntos siguieron bebiendo hasta embriagarse. Como no sabían lo que hacían cayeron el uno en los brazos del otro y se amaron carnalmente.
Desde entonces Quetzalcóatl y su hermana llevaron una vida disipada, olvidándose ambos de su anterior pureza, así como del cumplimiento de sus obligaciones religiosas. Pasado un tiempo, sin embargo, sus mentes volvieron a recuperar la cualidad de pensar con claridad, y entonces comprendieron la magnitud de su falta. Arrepentido de sus pecados, Quetzalcóatl ordenó a sus criados que le hicieran un ataúd de piedra, y allí se metió durante cuatro días y cuatro noches para hacer penitencia. Después pidió a sus gentes que le siguieran hasta la orilla del mar. Y una vez allí hizo una gran pira funeraria; entonces, vestido con sus brillantes plumas, y luciendo la máscara que representaba a la serpiente de turquesas, se arrojó a las llamas.
La gran hoguera crepitó durante toda la noche; y, cuando se hizo el día, el cuerpo de Quetzalcóatl, convertido ya en cenizas, empezó a desperdigarse, saliendo de entre las llamas cual una bandada de pájaros. Sus criados, que se hallaban desconsolados junto a la pira, viendo cómo desaparecía su dios, pudieron ver una estrella nueva que brillaba en el cielo recién despejado de la mañana: El corazón de Quetzalcóatl se había convertido en la estrella de la mañana.
Los aztecas, en efecto, honraban a Quetzalcóatl como a un dios; pero hay otras narraciones que lo presentan como personaje histórico. Según una de esas historias era un sabio gobernante de Tula, la principal ciudad del Imperio de los toltecas, que se derrumbara allá por el año 990 de la era cristiana. Nueve reyes de los toltecas llevaron el nombre de Quetzalcóatl, por lo que es muy posible que las leyendas surgieran a propósito de algún personaje que en verdad existiera. Hay una vieja leyenda, también, que lo presenta como llegado de lejanas tierras.
Los días en los que Quetzalcóatl gobernó sobre Tula fueron tiempos de paz y de prosperidad. Había comida para todos, el algodón crecía por doquier en diversas plantaciones, y también había oro, plata y piedras preciosas. Las gentes de Tula eran diestros artesanos, y la ciudad muy próspera.
Sin embargo, pasado el tiempo, cuando Quetzalcóatl envejeció, sus habitantes se hicieron perezosos. Tezcatlipoca vio entonces llegada la oportunidad de actuar y expulsar a Quetzalcóatl de su tierra.
Disfrazado como un viejo de blancos cabellos, Tezcatlipoca se presentó en el palacio de Quetzalcóatl y pidió ver al rey.
—Vuestro rey está enfermo —dijo a los guardias—, y yo tengo un remedio que puede sanarlo. Llevadme ante él.
Tezcatlipoca tuvo franco el paso y ofreció a Quetzalcóatl una poderosa droga. Quetzalcóatl vio en el viejo que le visitaba un signo de que su propio reino tocaba a su fin, y preguntó al visitante a dónde debía dirigirse.
—Deberás ir a Tollantlapán —dijo Tezcatlipoca—. Allí encontrarás a un hombre viejo que te estará esperando y te volverá a convertir en un joven hermoso. Toma esta pócima y lo comprenderás todo.
Aunque estaba viejo y enfermo, Quetzalcóatl no se dejó engañar. Tomó la medicina, pero se negó a dejar Tula, y Tezcatlipoca tuvo que recurrir a una nueva treta. Se disfrazó de vendedor de chiles verdes, y se fue a la plaza del mercado, a las afueras del palacio, hasta que logró llamar la atención de la hija de Quetzalcóatl. La habían criado con gran esmero, y apenas había tenido trato con extraños; de manera que tan pronto como vio al apuesto joven se enamoró de él violenta y apasionadamente. Casi enferma de amor confesó a su padre que el único hombre con el que deseaba casarse era el vendedor de chiles verdes. Si no podía hacerlo, dijo, moriría.
Al principio, cuando Quetzalcóatl mandó a buscar al joven, no lo encontraron; pero justo cuando los mensajeros se disponían a regresar, como por arte de magia, apareció en su puesto del mercado y pudo ser conducido a palacio. Aunque no de muy buen grado, Quetzalcóatl lo aceptó como yerno. Y Tezcatlipoca comenzó a ejercer su influencia en la corte. Como era lógico, el matrimonio entre la hija de Quetzalcóatl y el vendedor de chiles verdes no fue bien visto por los tchecas y, para distraer su atención, Quetzalcóatl decidió atacar a una tribu vecina. Los "toltecas, entonces, vieron llegada la ocasión de acabar con el joven esposo y le dejaban siempre en las más peligrosas posiciones; pero él luchó bravamente y regresó triunfante de aquella guerra, más firme y seguro en su puesto que antes.
Entonces el vendedor de chiles verdes decidió desplegar sus poderes hipnóticos sobre los toltecas. Primero organizó un gran festival al que invitó a las gentes de diversos puntos del Imperio. Cuando la multitud estaba reunida comenzó a cantar y a golpear un tambor, pidiendo a las gentes que cantaran con él y que danzaran como él lo hacía. Ellos entonces siguieron el ritmo que marcaba el tambor y él, mientras danzaban sin parar como posesos, los llevó hasta un profundo barranco. El tambor sonaba cada vez más rápido y aquellas gentes, a su ritmo, cada vez bailaban con mayor ímpetu y furor; hasta que al cruzar un puente muy estrecho perdieron el equilibrio y cayeron al fondo del valle, donde quedaron convertidos en piedras.
Luego atacó a quienes trabajaban en los jardines de Quetzalcóatl, dejando cientos de muertos entre las flores; y acto seguido se convirtió en un hechicero y atrajo hacia sí a tanta gente que muchos murieron aplastados por la muchedumbre.
Un desastre seguía a otro, hasta que los toltecas se dieron cuenta de que su Imperio tocaba a su fin. Finalmente, hizo que se pudriera toda la comida que había en Tula y, disfrazándose de vieja, comenzó a tostar las reservas de maíz fresco. El buen olor de aquello llevó a los toltecas que aún vivían hasta la casa de la mujer, y allí Tezcatlipoca los destruyó.
Entonces fue cuando supo Quetzalcóatl que le había llegado el momento de partir. Fatigado, prendió fuego a la ciudad que él mismo había construido, enterró el oro y la plata en los valles de las montañas, convirtió los árboles del cacao en inútiles cactos, y ordenó a los pájaros de brillantes colores que se fueran. Sólo permitió que le acompañaran sus criados más fieles, sus enanos y sus gibosos.
En su caminar llegó hasta donde se levantaba un gran árbol, junto al que se detuvo a descansar, y pidió su espejo. Al mirarse vio que era, en efecto, un hombre viejo y cansado. Entonces, enojado, arrojó piedras contra el tronco, que allí quedaron incrustadas y que aún pueden contemplarse en ese lugar. En otro sitio, en el que se detuviera también para descansar, dejó la huella de sus manos y de sus piernas en una roca, en señal de que había pasado por allí. A quienes le preguntaban que a dónde iba, les respondía:
—Voy a aprender.
A pesar de todo, a pesar de que ya se marchaba, Tezcatlipoca continuaba persiguiéndole. De una u otra forma, tomó posesión de todos los conocimientos de Quetzalcóatl: De cómo trabajar el oro y la plata, las piedras, las pieles, y de cómo desenvolverse en las artes de la pintura y la escultura. En las frías faldas de las montañas, en donde estaban los volcanes Popocatepetl e Ixtaccihuatl, sus acompañantes, los enanos y los gibosos,.. murieron congelados, y Quetzalcóatl quedó entonces completamente solo.
Al fin, solo y cansado, Quetzalcóatl llegó al mar. Hizo uso entonces del último poder que le quedaba y construyó una balsa con culebras entrelazadas, montado en la cual se adentró en las aguas.

México - Mito Azteca - Los dioses Ometeod y Omecihuatl

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
En la antigüedad hubo dos dioses, Ometeod y su esposa Omecihuatl. Un día Omecihuatl dio a luz un cuchillo de piedra, en vez de un niño, que arrojó desde los cielos a la tierra. De inmediato, ciento diecisiete guerreros brotaron de la tierra, y cada uno de ellos era un hombre de gran valor y de mucha fuerza. Como eran orgullosos, y como estaban solos en la tierra, pidieron a su madre que creara una raza de criados que les sirviera.
—Vuestros pensamientos no son los propios de hombres nobles —-les dijo, entonces, Omecihuatl—. Los guerreros poderosos y arrogantes como vosotros tienen que pensar en algo más que en la satisfacción de sus deseos. ¡Vamos! Meditad un poco y decidme si no tenéis otras ideas mejores que esa. ¿Acaso no esperáis de la vida más que la satisfacción del hambre y de la sed? Sois descendientes de dioses, y vuestros pensamientos, que han de extenderse a lo largo y a lo ancho de la tierra, deben ser también los de los dioses.
—Eso no nos concierne —dijo el jefe de los guerreros—. Los soldados son hombres valientes, que no discuten ni piensan en la religión o en la filosofía. Amamos esta tierra; y amamos también su vino y todo cuanto nos otorga. Amamos la comida y amamos al sol. Todo lo que necesitamos, pues, son criados que nos atiendan y que nos procuren la comida y la bebida.
Omecihuatl no quiso seguir escuchándolos, y entonces los ciento diecisiete guerreros marcharon al mundo subterráneo, en el que reinaba Mictlantecutli, quien vivía amparado por la oscuridad de Mictlán, que ese era el nombre del reino que había bajo la tierra.
—Escúchanos —dijeron los guerreros—. A causa de las catástrofes habidas en las últimas Edades han muerto muchos hombres. Cayeron por culpa de las inundaciones y por culpa también de espantosos incendios y de terremotos.
¿Tienes tú, acaso, algún resto de aquellos seres? ¿Tienes su piel o sus huesos? Aunque nada dijeran al respecto, los guerreros abrigaban la esperarla de que si vertían su propia sangre sobre los huesos, o cualesquiera otros restos de cadáveres humanos, los muertos volverían a la vida. Así pues tendrían hombres y mujeres para repoblar la tierra; es decir, la raza de criados que deseaban para su servicio.
—Enviadme a un hombre y le daré un hueso —dijo el dios del mundo subterráneo. Ninguno de aquellos héroes se atrevía a entrar en el reino de Mictlán, pero llamaron en su ayuda a Xolotl, el dios de la magia, hermano gemelo de Quetzalcóatl, para que hiciera aquella tarea por él.
La región de la muerte estaba a oscuras y llena de humo, como si se tratara del interior de un volcán. Adoptando muchas precauciones, Xolotl llegó a donde se encontraban Mictlantecutli y su esposa Mictlancihuatl, que gobernaban sobre los espíritus de la muerte.
—He venido para llevarme los huesos de un cadáver —dijo.
—Lo que pretendes es muy peligroso —le dijo Mictlantecutli con mucha seriedad—. Esos hombres resultaron muertos porque enojaron a los dioses. ¿Te gustaría correr un riesgo semejante? 
—El riesgo es nuestra misión —dijo Xolotl en tono harto convincente—. Dadme los huesos. El dios del mundo subterráneo le dio entonces un hueso, y el dios de la magia, con mucha presteza, echó a correr tan velozmente como pudo, a lo largo de un sendero de piedra que conducía a la tierra.
—¡Devuélveme el hueso! —le gritó Mictlantecutli, que de repente había cambiado de idea. Pero fue en vano; era demasiado tarde. Como Xolotl iba corriendo, no podía mirar por dónde pisaba; y al cabo tropezó y cayó en medio de la oscuridad. El precioso hueso, al caer, se golpeó contra el suelo, rompiéndose en dos trozos, de los cuales uno era más grande que el otro. Xolotl logró empero recuperar los dos trozos, y siguió corriendo, aunque trastabillando; pero a la postre logró escapar, merced a sus poderes mágicos, de Mictlantecutli. Al fin llegó al lugar en donde se encontraban los ciento diecisiete guerreros.
—Lo conseguí —dijo jadeante—. Aquí están los huesos. Los guerreros le rodearon y, uno a uno, procedieron a hacerse un corte en sus brazos, con los puñales que llevaban, para derramar su sangre sobre los dos pedazos del hueso. Pocos días después, del trozo de hueso más grande salió un niño; y unos días después de semejante acontecimiento, nació del trozo más pequeño una niña. Los guerreros cuidaron con mucha solicitud a los niños, alimentándolos con jugo de cardo, y en poco tiempo crecieron hasta hacerse robustos y altos. Tal y como habían previsto los guerreros, de aquellos huesos nacieron sus criados, y de estos criados otros, y así sucesivamente, que sirvieron a las distintas generaciones de guerreros.

México - Mito Azteca - El monstruo creador

El pueblo Azteca, antes llamado Mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
En los comienzos del mundo, hubo un tiempo en el que no había más que agua. Y que en las aguas vivía un monstruo con muchas bocas. Los dioses Quetzalcóatl y Tezcatlipoca decidieron que aquella monstruosa criatura diera forma al universo, que entonces no tenía siquiera contornos. Los dioses, pues, levantaron al monstruo. Uno lo tomó por las patas de la derecha, y el otro por las patas de la izquierda. Así, tirando cada uno, estuvieron luchando durante un día y una noche, hasta que lo vencieron. Cuando estuvo agotado y ya no pudo seguir luchando, los dos dioses partieron al monstruo en trozos. Con la parte inferior de su cuerpo hicieron los cielos, y con la parte superior la tierra. De su pelo crearon la hierba y los árboles, de su piel las flores, de sus ojos las cuevas y los manantiales, y de su nariz los montes y los valles.
A la llegada de la noche, sin embargo, el Monstruo Tierra comenzó a gritar, cosa que oyeron los dioses, pues tenía hambre y pedía corazones humanos para comer y sangre para saciar su sed. Para satisfacerlo, se precisaban numerosos sacrificios, así que los aztecas comenzaron a matar a sus enemigos para que el Monstruo Tierra pudiera calmar su hambre.

México - Mito Azteca - El árbol de la creación

Árbol de la vida en la mitología azteca
El pueblo Azteca, antes llamado Mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
Las historias que acerca de la creación del mundo contaban los aztecas, comenzaban hablando de un universo vacío en el que nada vivía, salvo los dioses. No había luz y todo esto, en consecuencia, era oscuridad. Una de las historias cuenta que, entre los dioses, había un príncipe que vivía con su amada esposa y con su hijo. La familia habitaba una cueva y allí desgraciadamente murió el hijo.
Los padres lo enterraron cuidadosamente en la tierra, y de sus cabellos brotó el algodón, de sus orejas las plantas y las semillas, de las ventanas de su nariz las aromáticas hierbas que curaban la fiebre, de sus dedos los boniatos, y, finalmente, de sus uñas, el maíz.
El hombre ya tenía alimentos y pronto apareció, por ello, sobre la faz de la tierra; pero aunque poseía todas las plantas y todos los frutos del mundo carecía de sentimientos hacia sus hermanos, los hombres, y no miraba más que por su diaria supervivencia.
Otra historia narra cómo aparecieron los viñedos sobre la tierra. Ehecatl, el dios del viento, otra forma del gran dios Quetzalcóatl, se enamoró de una muchacha llamada Mayahuel, que vivía en la casa de los dioses bajo la custodia de una vieja mujer llamada Tzitzimil. Ehecatl fue a visitarla un día mientras la guardiana dormía. Despertó suavemente a la muchacha, y partieron en secreto, sin perturbar el sueño de la vieja. Bajaron entonces a la tierra, y tan pronto como sus pies tocaron el suelo, se convirtieron ambos en un árbol que tenía dos poderosas ramas, una nacida del dios del viento y la otra de Mayahuel. La rama nacida de Ehecatl pronto echó verdes y frescas hojas, las cuales, sin embargo, no poseían la belleza de las finas y delicadas flores que cubrieron la rama nacida de Mayahuel.
Cuando la vieja guardiana Tzitzimil despertó, montó en cólera, pues había perdido a la muchacha cuya custodia le mera confiada, y acompañada de una tropa de jóvenes dioses bajó a la tierra para castigar a los fugados. Puso en ello todo su afán, y no pasó mucho tiempo hasta que logró dar con el árbol y pudo reconocer, merced a las flores de su rama, a Mayahuel. Furiosa, llamó al relámpago para que cayera sobre el árbol y separara las dos ramas. Una vez truncada la rama que naciera de Mayahuel procedió a convertirla en astillas, que entregó a los jóvenes dioses, los cuales los arrojaron a la tierra después de mordisquearlas hasta reducirlas a su mínima expresión. 
La rama que naciera de Ehecatl, sin embargo, permaneció intacta. Al regresar a su lugar de residencia Tzitzimil y los jóvenes dioses, Ehecatl, el dios del viento, adoptó de nuevo su forma común. Preso de la tristeza, caminó sobre la tierra por donde los dioses habían diseminado los trozos de la rama nacida de Mayahuel. Y mientras lamentaba la pérdida de su amor vio que las astillas se habían convertido en un hueso, al que dio sepultura en el campo. De aquel hueso brotó la primera viña, que floreció tanto como lo hiciera la rama nacida de Mayahuel, y que procuró a los hombres posteriormente el vino.

martes, 28 de enero de 2014

México - Mito Azteca - El dios Nanahuatzin

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
.
Después de que concluyera la Edad del cuarto Sol, nada alumbraba el mundo. Sin luz nada podía crecer. Las plantas no daban fruto, los humanos no podían vivir, los animales no podían ver los senderos del bosque. Los dioses entonces decidieron reunirse para adoptar una solución. Al fin encargaron a un pequeño dios, que tenía la piel cubierta de costras y de manchas, y al que nadie tenía en gran estima, que diese luz al mundo.
—Tú, Nanahuatzin, te ocuparás de buscar la luz, crearás el sol y traerás el calor que da vida al hombre —le dijeron los otros.
Nanahuatzin aceptó humildemente el encargo, pero al mismo tiempo otro dios, que era más bien engreído, se ofreció a ayudarles, esperando alcanzar con ello influencias y gloria. Se llamaba Teccuciztecatl y era el dios de las conchas marinas. 
Antes de realizar el importante evento de crear un nuevo Sol, hasta los mismos dioses deben prepararse para el acontecimiento, y Nanahuatzin y Teccuciztecatl pasaron cuatro días ayunando y haciendo penitencia para purgar sus pecados anteriores. Así quedarían exentos de cualquier mal sentimiento que pudiera afectar al objeto de su creación. Una vez acabado el ayuno los dos dioses encendieron una hoguera, y ante sus llamas hicieron sendas ofrendas. Las de Teccuciztecatl fueron magníficas. Allí puso hermosas piedras de chispas, brillantes plumas de pájaros sagrados, piedras preciosas y pepitas de oro. El pobre Nanahuatzin, sin embargo, no tenía más que objetos humildes que ofrendar; pero dio todo lo que poseía: Verdes hojas, hierbas, cañas, lianas, espinas teñidas con su propia sangre y las costras de sus heridas. Todos los dioses se echaron a reír ante el contraste de las ofrendas de ambos, pues las más deslumbrantes eran las de Teccuciztecatl.
Llegó el momento de dar comienzo a la ceremonia, justo a la media noche, cuando la oscuridad del mundo era más cierta; entonces los dos dioses hicieron otra gran hoguera, ante la cual se postraron. Teccuciztecatl iba vestido muy bellamente, con ricas prendas; Nanahuatzin, por el contrario, vestía pobremente, con ropas hechas de cortezas de árbol. Su tarea consistía en el sacrificio de ambos, para así crear el Sol que daría la luz al mundo.
Teccuciztecatl fue el primero en intentar arrojarse al fuego; más en cuanto sintió que se quemaba, dio un paso atrás. Trató de hacerlo de nuevo, pero otra vez dio un paso atrás. Lo intentó cuatro veces, pero en ninguna tuvo el valor necesario para arrojarse al fuego. Entonces, Nanahuatzin, pequeño y humilde como era, se dirigió a las llamas tranquilamente y poco después desaparecía en medio de ellas. Teccuciztecatl sintió entonces mucha vergüenza por su comportamiento. 
Mientras los otros dioses alababan la valentía de Nanahuatzin, una gran luz se hizo en el cielo, y el pequeño e insignificante dios, por su propio pie, salió entonces de entre las llamas, convertido en el mismísimo Sol. Poco después, Teccuciztecad se convirtió en la Luna, y brilló merced al reflejo del Sol. Los dioses, a la sazón, dieron en reírse del ampuloso dios que había querido convertirse en Sol, y que no era capaz de brillar salvo cuando el otro dios, el Sol verdadero, le alumbraba. Como burla, le arrojaron un conejo a la cara.
Desde entonces, los contornos de un conejo adornan la cara de la luna. El nuevo Sol y la nueva Luna, sin embargo, no poseían el don del movimiento. Y para que cada uno de ellos pudiera recorrer su camino en el cielo, los otros dioses decidieron también ellos sacrificarse. Uno a uno fueron arrojándose al fuego, a excepción del dios llamado Xolotl, hermano gemelo del gran Quetzalcóatl. Tenía mucho miedo de arrojarse a las llamas, y de cambiar su ser, hasta que al cabo los demás lo agarraron y lo tiraron a la fuerza a las llamas.
Cuando salió, Xolotl lo hizo convertido en el dios de la magia y de los magos, capaz de transmutar cualquier cosa. Aún seguían el Sol y la Luna en el cielo sin movimiento y Quetzalcóatl, entonces, hizo que soplara un fuerte viento, que con su violencia logró que al fin el Sol y la Luna se desplazaran a lo largo y a lo ancho del cielo.
Entonces dio comienzo la Edad del Quinto Sol.