Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.



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sábado, 23 de febrero de 2008

Colombia - Mito Huitoto - Creación y Origen nombres. Video



Este relato del mito de la Creación y del origen de los nombres está tomado del libro Primitivos relatos contados otra vez de Hugo Niño (1976). Los indígenas Huitoto (o witoto) habitan en la zona del sur del departamento del Amazonas de Colombia. Se estima que esta etnia tiene una población de 6.245 personas. Los Huitoto hablan diversos dialectos de acuerdo con la zona donde se asientan. La narración es la siguiente:
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Antes no había más que tinieblas. Una vez Juttíñamüi, padre creador, dominador del universo, conversó, a solas, con su espíritu, acerca de cómo formar el mundo. Después de reflexionar mucho, se decidió por hacer primero la superficie, luego los árboles y luego los animales.
Cuando hizo los animales, los examinó cuidadosamente y, como no quedó contento, resolvió modificarlos para que que­daran mejor a su imagen, a su deseo. Se dedicó, pues, a com­ponerlos; y cuando terminó la modificación de aquéllos cuya naturaleza era buena para tal, decidió:
—Voy a hacer Jitoma, pues no veo bien lo que he hecho.
Y el Sol apareció iluminando al mundo.
Pero como Juttíñamüi no los había modificado a todos, muchos quedaron con plumas, con colas, como los lagartos. Quedaron animales, porque no los alcanzó a crear bien; pues cuando Jitoma alumbró al mundo, dividió a los seres en dos clases: hombres y animales. De ahí que los animales que­daran envidiosos del hombre, porque debido al Sol no alcanzaron a ser creados bien. Por eso en la noche son mansos y al amanecer se tornan ariscos; ésa es su naturaleza. Quedaron, pues, los animales en un lado y en el otro los primeros creados, cuyos nombres fueron: Yinaka Puinaño, la primera madre, y Yinaka Kcinuya Puinoima, el primer padre.
Ellos, los primeros padres, vivieron mucho y tuvieron numerosos hijos entre quienes se contaron los cuatro más nota­bles, las raíces del género humano, cuyos nombres fueron: Monaya Nuroma, Monaya Jurama, Jajíoma Kojotía y Yinaka Dórak.
Cuando los primeros padres envejecieron y sus cuerpos los dejaron, sus espíritus quedaron flotando en el universo. Entonces las cuatro raíces, los jefes, reunieron a sus demás hermanos y dijeron:
—¡Vamos a buscar los rincones del mundo! —dicho lo cual, cada uno se fue con un grupo en las cuatro direcciones.
Llegados hasta los extremos del mundo, allí se estable­cieron. Comenzaron a multiplicarse, y su número aumentó en gran manera.
Pero Juttíñamüi pensó: «No tienen nombre; se fueron sin nombre.» Y arrancando del dedo grande de su pie un pelito, lo arrojó al mundo. El pelito cayó sobre una laguna; y he aquí que, cuando tocó el agua, se convirtió en una boa.
Al suceder esto, los espíritus de los primeros padres, que estaban flotando en el universo, acudieron a donde sucedía tan increíble hecho, y cuando llegaron a la laguna, fueron transformados en Jidéurui Pajnueni y Rama Takúnari, los enviados, los portadores de la palabra, del nombre. Ya transformados, iluminado su entendimiento, dijeron:
—Ese es el secreto de los nombres de las tribus; el secreto está en la boa.
—Sí, vamos a buscar a nuestros hijos.
Se fueron entonces a recorrer todo el mundo, llamando a la gente, a los que se habían ido sin nombre, para dárselo.
Cuando todos fueron llamados, cuando ya habían sido guiados de vuelta por las cuatro raíces, se reunieron en la laguna.
Jidéurui Pajnueni y Rama Takúnari se introdujeron en el agua para capturar la boa y obtener el secreto de los nombres; durante días y noches trataron inútilmente de apresarla. Cansados, acudieron a sus hijos para perseguirla entre todos; pero aún así, resultó imposible; intentaban e intentaban, mas no podían. Clamaban apesadumbrados:
—No podemos capturarla. No podremos tener el secreto de nuestros nombres.
Por lo cual Juttíñamüi, el padre creador, se compadeció de los hombres y envió un águila en su auxilio para capturar la boa.
El águila vino volando por los cielos, a gran velocidad; con mucha fuerza se dirigió a la laguna y, cuando ya iba a cogerla, la boa se escapó; el águila volvió a remontarse y fue descendiendo, como sin querer cazarla; cuando ya estuvo cerca se picó rápidamente y, agarrándola, voló con ella hasta la orilla.
Ya en su poder, dijeron los enviados:
—Y ahora, ¿qué haremos? —A lo que Juttíñamüi aclaró sus inteligencias, con la revelación de que debían cocinarla primero para dar nombre a la gente. Regocijados, exclamaron:
—Vamos a cocinarla y repartirla entre todos para darles nombre, para que puedan llamarse.
Así, pues, trajeron una olla de barro y en ella pusieron a cocinar la boa. Instruyeron luego a la gente:
—Id a buscar hojas en que recibir la comida. Id a buscarlas para que podáis llamaros, Todos, felices porque ya iban a tener nombre, fueron a buscar las hojas. Regresaron con ellas para recibir la comida de la boa; entonces los padres los fueron llamando, así sin nombre, sólo para que se acercaran a recibir la comida. El primero que se acercó tenía su plato formado con hojas de palo de chucha; los enviados le sirvieron y le dijeron, tal como les había sido revelado;
—De ahora en adelante tu nombre será Jeíya, palo de chucha; y tu tribu será la de los Jeíya i.
Del mismo modo, siguieron nombrando a cada uno y a su tribu, según las hojas del árbol que hubieran tomado; pero como unos no alcanzaron a bajar hojas, cogieron aves del monte para arrancarles las plumas y así quedaron también.
Jipikuénne, caimito, de la tribu de los Jipikuennei.
Künennéj, canangucho,
de la tribu de los Künenne.
Ejpagái, palo de guacamaya, de la tribu de los
Ejpagái.
Meénaga, pluma de azulito, de la tribu de los Meénagai.
Mwitóipeye, pluma de pava, de la tribu de los Mwitóipeyei.
Inyeréyai,
palma de techar, de la tribu de los Inyeréyai.
Ñekúube, palma de chambira,
de la tribu de los Ñeküranne.
Ennókape, de la tribu de los Ennókayai.
Yarebe, ortiga, de la tribu de los Yoria.
Wíguupe, de la tribu de los
Wiguúyai.
Ekúube, barbasco, de la tribu de los Ekuuréjitai.

Todas las tribus tomaron, recibieron sus nombres de las hojas, de las plumas, sin ser ellas su origen, sino el instrumento de que se valió la sabiduría de Juttíñamüi, con el mandato de que cada clan fuera guardián de su planta, de su ave.
Acontecido esto, las cuatro raíces, los primeros conductores, cumplida su larga misión en la Tierra, dijeron:
—Muy bien, ya cada tribu tiene su nombre, ha formado su clan. De manera que podéis elegir vuestro lugar, podéis cazar, pescar, sembrar y reproduciros. Ahora nosotros nos vamos a gobernar los reinos.
Cumplida su misión, los cuatro se dirigieron a gobernar cada uno de los principales reinos del universo: el Reino Negro o de las Tinieblas, el Reino Blanco o de la Luz, el Reino Verde o de la Selva y el Reino Rojo, el de la Sangre.
Sucedió que, cuando ya se había repartido todo, después de la partida de las cuatro raíces a gobernar los reinos; cuando habían sido asignados los nombres a todas las tribus y no quedaban más que débiles rastros de la boa, se llegaron hasta Jidéurui Pajnueni y Rama Takúnari dos grupos retrasados, que no habían alcanzado a acudir a la repartición; pidieron los del primer grupo:
—Por favor, dadnos algo, que queremos nuestros nombres.
Ellos vieron si quedaba algo todavía y, como así era, con los débiles rastros de la sangre de la boa les humedecieron sus cuerpos y les dijeron:
—Vuestro nombre será Mwinane, el de los humedecidos con la sangre de la boa. Buscad también vuestro lugar para vivir, formad vuestro clan, vuestra tribu, que también habéis alcanzado a ser parientes de los witotos.
Los Mwinanes se retiraron felices y muy agradecidos porque habían alcanzado a recibir su nombre.
Pero para el otro grupo no había quedado nada, ningún rastro; ellos dijeron preocupados:
—¿Y nosotros? ¿No nos dais nada? ¡Oh!, dadnos algo.
Con pesar en sus corazones, debieron responderles:
—Hijos, habéis llegado muy tarde, y no tenemos nada para daros vuestros nombres— .A lo que ellos palidecieron de angustia sin saber qué hacer, sin nombre, sin poder tomar espíritu. Ablandado su corazón, Rama Takúnari les dijo:
—No os aflijáis, que no moriréis; por ahora tendréis que ir al norte, muy lejos, pero después podréis volver y uniros a los witotos.
Así fue que el generoso corazón de Rama Takúnari les permitió continuar viviendo a ellos, los palidecidos, hasta cuando un día se cumpliera él tiempo, la profecía de poder regresar donde los witotos.
Así fue también el origen de las tribus witotos de sus nombres y de sus raíces.
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Se acompaña el anterior relato con un corto video en el que un miembro de la cultura huitoto canta y realiza una danza ritual de purificación:
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2 comentarios:

Jossain Arias, Julieth Cadena y Elizabeth Rivera. dijo...

Excelente información!, ojalá publicasen más a menudo este tipo de texto. Colombia y el mundo debe conocer de donde viene! 10/10

mardoqueo dijo...

Muy interesante el mito referido, puede indicar por favor la fuente , o libro donde pueda leerlo, mil gracias.