Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.



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viernes, 7 de marzo de 2014

México - Mito Azteca - Los dioses Ometeod y Omecihuatl

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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En la antigüedad hubo dos dioses, Ometeod y su esposa Omecihuatl. Un día Omecihuatl dio a luz un cuchillo de piedra, en vez de un niño, que arrojó desde los cielos a la tierra. De inmediato, ciento diecisiete guerreros brotaron de la tierra, y cada uno de ellos era un hombre de gran valor y de mucha fuerza. Como eran orgullosos, y como estaban solos en la tierra, pidieron a su madre que creara una raza de criados que les sirviera.
—Vuestros pensamientos no son los propios de hombres nobles —-les dijo, entonces, Omecihuatl—. Los guerreros poderosos y arrogantes como vosotros tienen que pensar en algo más que en la satisfacción de sus deseos. ¡Vamos! Meditad un poco y decidme si no tenéis otras ideas mejores que esa. ¿Acaso no esperáis de la vida más que la satisfacción del hambre y de la sed? Sois descendientes de dioses, y vuestros pensamientos, que han de extenderse a lo largo y a lo ancho de la tierra, deben ser también los de los dioses.
—Eso no nos concierne —dijo el jefe de los guerreros—. Los soldados son hombres valientes, que no discuten ni piensan en la religión o en la filosofía. Amamos esta tierra; y amamos también su vino y todo cuanto nos otorga. Amamos la comida y amamos al sol. Todo lo que necesitamos, pues, son criados que nos atiendan y que nos procuren la comida y la bebida.
Omecihuatl no quiso seguir escuchándolos, y entonces los ciento diecisiete guerreros marcharon al mundo subterráneo, en el que reinaba Mictlantecutli, quien vivía amparado por la oscuridad de Mictlán, que ese era el nombre del reino que había bajo la tierra.
—Escúchanos —dijeron los guerreros—. A causa de las catástrofes habidas en las últimas Edades han muerto muchos hombres. Cayeron por culpa de las inundaciones y por culpa también de espantosos incendios y de terremotos.
¿Tienes tú, acaso, algún resto de aquellos seres? ¿Tienes su piel o sus huesos? Aunque nada dijeran al respecto, los guerreros abrigaban la esperarla de que si vertían su propia sangre sobre los huesos, o cualesquiera otros restos de cadáveres humanos, los muertos volverían a la vida. Así pues tendrían hombres y mujeres para repoblar la tierra; es decir, la raza de criados que deseaban para su servicio.
—Enviadme a un hombre y le daré un hueso —dijo el dios del mundo subterráneo. Ninguno de aquellos héroes se atrevía a entrar en el reino de Mictlán, pero llamaron en su ayuda a Xolotl, el dios de la magia, hermano gemelo de Quetzalcóatl, para que hiciera aquella tarea por él.
La región de la muerte estaba a oscuras y llena de humo, como si se tratara del interior de un volcán. Adoptando muchas precauciones, Xolotl llegó a donde se encontraban Mictlantecutli y su esposa Mictlancihuatl, que gobernaban sobre los espíritus de la muerte.
—He venido para llevarme los huesos de un cadáver —dijo.
—Lo que pretendes es muy peligroso —le dijo Mictlantecutli con mucha seriedad—. Esos hombres resultaron muertos porque enojaron a los dioses. ¿Te gustaría correr un riesgo semejante? 
—El riesgo es nuestra misión —dijo Xolotl en tono harto convincente—. Dadme los huesos. El dios del mundo subterráneo le dio entonces un hueso, y el dios de la magia, con mucha presteza, echó a correr tan velozmente como pudo, a lo largo de un sendero de piedra que conducía a la tierra.
—¡Devuélveme el hueso! —le gritó Mictlantecutli, que de repente había cambiado de idea. Pero fue en vano; era demasiado tarde. Como Xolotl iba corriendo, no podía mirar por dónde pisaba; y al cabo tropezó y cayó en medio de la oscuridad. El precioso hueso, al caer, se golpeó contra el suelo, rompiéndose en dos trozos, de los cuales uno era más grande que el otro. Xolotl logró empero recuperar los dos trozos, y siguió corriendo, aunque trastabillando; pero a la postre logró escapar, merced a sus poderes mágicos, de Mictlantecutli. Al fin llegó al lugar en donde se encontraban los ciento diecisiete guerreros.
—Lo conseguí —dijo jadeante—. Aquí están los huesos. Los guerreros le rodearon y, uno a uno, procedieron a hacerse un corte en sus brazos, con los puñales que llevaban, para derramar su sangre sobre los dos pedazos del hueso. Pocos días después, del trozo de hueso más grande salió un niño; y unos días después de semejante acontecimiento, nació del trozo más pequeño una niña. Los guerreros cuidaron con mucha solicitud a los niños, alimentándolos con jugo de cardo, y en poco tiempo crecieron hasta hacerse robustos y altos. Tal y como habían previsto los guerreros, de aquellos huesos nacieron sus criados, y de estos criados otros, y así sucesivamente, que sirvieron a las distintas generaciones de guerreros.