El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Nanahuatzin sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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En la antigüedad hubo dos dioses, Ometeod y su esposa Omecihuatl. Un día Omecihuatl dio a luz un cuchillo de piedra, en vez de un niño, que arrojó desde los cielos a la tierra. De inmediato, ciento diecisiete guerreros brotaron de la tierra, y cada uno de ellos era un hombre de gran valor y de mucha fuerza. Como eran orgullosos, y como estaban solos en la tierra, pidieron a su madre que creara una raza de criados que les sirviera.



