Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.



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sábado, 14 de enero de 2017

Perú - Mito Inca - La hermana serpiente

Los Incas se consolidaron como el estado prehispánico de mayor extensión en América. Abarcó los Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford:
territorios andinos que corresponden actualmente al sur de Colombia, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia, hasta el centro de Chile y el noroeste de Argentina. La capital del Imperio fue la ciudad de Cusco (ombligo del mundo), por ser el centro del desarrollo de la etnia Inca desde sus inicios y su fundación por Manco Capac. Este mito fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford:
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Erase una vez una mujer soltera, que no tenía hijos y que vivía sola, plácidamente, y satisfecha de su posición en la vida. Se hallaba trabajando un día en su jardín cuando vio una serpiente. Dio un salto hacia atrás, presa del susto, pero la serpiente no la atacó; se limitó a mirarla, desde donde se encontraba, con suma atención. La mujer pensó que el reptil tenía una forma muy extraña, y supuso que estaba preñado.
«Qué raro», se dijo; pero al cabo la serpiente se marchó de allí, y ella olvidó el asunto hasta que, a la mañana siguiente, para su asombro, descubrió que estaba embarazada.
Durante todo aquel día permaneció en casa, temerosa de salir. Cuando se fue a dormir, a la llegada de la noche, tardó mucho en conciliar el sueño, y estuvo dando vueltas y más vueltas en su lecho. Al fin se quedó dormida, mas sólo para tener un sueño de gran realismo con la serpiente. En tal sueño la serpiente poseía la facultad de hablar, y se dirigió a la mujer en los siguientes términos:
—He sido yo quien te ha preñado —murmuró la serpiente, enroscándose en los pies de la mujer— He sido yo.
Entonces la mujer se despertó.
A los pocos meses la mujer dio a luz gemelas. Horrorizada, contempló que sólo una de ellas tenía forma humana; la otra era una serpiente. Una vez más la pobre mujer quedó sumida en una profunda pena; pero de nuevo tuvo un sueño, y en esta ocasión encontró la respuesta que ansiaba. Soñó que una noche, mientras acunaba a la hija humana entre sus brazos, la hija serpiente, tal como lo había hecho aquella otra -serpiente, habló también para dirigirse a ella en su propia lengua.
—Madre —le rogó la hija serpiente, en un susurro—, yo nunca podré crecer en la casa, como mi hermana gemela. Llévame al jardín, al mismo lugar en donde te sorprendió la otra serpiente. Allí fui concebida y allí debo regresar.
Naturalmente la mujer se quedó muy aliviada al hallar un modo de deshacerse de su hija serpiente, y a la mañana siguiente la sacó al jardín y la colocó entre el maíz. Al instante la serpiente se deslizó bajo las hojas y desapareció.
La mujer y su hija vivieron juntas y felizmente durante muchos años, y la niña creció hasta convertirse en una hermosa mujer. Durante mucho tiempo se negó a contraer matrimonio y a dejar a su madre, rehusando las solicitudes de muchos jóvenes que deseaban pedir su mano. Pero, pasado el tiempo, se casó con un hombre natural de una lejana aldea, que se había instalado cerca de donde ellas vivían. Estuvieron juntos durante algún tiempo, hasta que el hombre le dijo que iba a visitar a su familia.
—Antes que nada voy a decirles que nos hemos casado. Luego regresaré para llevarte conmigo. No debes hacer el viaje sola.
El esposo partió. Cuando se perdió en la lejanía, la joven esposa percibió un ruido, una especie de leve murmullo, y sintió que algo rozaba sus pies desnudos. Al mirar al suelo vio una serpiente, la cual, ante su sorpresa, le habló.
—Tu esposo regresará para llevarte luego consigo en un buen caballo —dijo—, pero no deberás montarlo. Debes hacer el viaje a lomos de un pequeño asno. Cuando llegue el momento encontrarás aquí cerca uno amarrado. Asegúrate, también, de llevar contigo un poco de algodón en hebras, algo de jabón, un peine, un poco de lana y unas tijeras. Y sobre todo cabalga detrás de todo el grupo.
Nada sabía la esposa acerca de su hermana serpiente, pero no echó en saco roto aquellas advertencias, aun cuando nada de todo aquel misterio comprendiese. Cuando regresó su esposo con un bonito caballo, para que ella hiciera el viaje a sus lomos, ella rehusó montarlo.
—No. Yo no me montaré en un animal tan grande; me parece demasiado nervioso para mí. Mira, allí hay un asno amarrado. Es más cómodo para mí, y por eso prefiero montarlo.
El esposo se dio cuenta de que la mujer estaba resuelta a hacer lo que decía, y, en consecuencia, la ayudó a montar en el asno. Luego condujo la cabalgadura a la cabeza del grupo de personas que viajaba con ellos, pero una vez más la esposa protestó:
—No, no. Yo no puedo encabezar la marcha, pues mi asno sería una rémora para ti. Deja que vaya al final, y así no estorbaremos.
Antes de la partida, la esposa se aseguró de que portaba en las alforjas todas aquellas cosas que la serpiente le dijera.
Llevaban ya unas horas de viaje, y la esposa empezaba a notar el cansancio, cuando arribaron a una granja. Allí podría, al fin, descansar y tomar alimentos que la reconfortasen, mas a medida que iban acercándose al lugar tuvo un presentimiento. Repentinamente, la puerta de la casa de la granja se abrió, y la esposa echó un rápido vistazo al interior de la vivienda. Estremecida, presa del pánico, supo que su esposo la había llevado a las mismísimas puertas del infierno. Sin decir palabra volvió a montar en su asno, hostigó a la bestia, y partieron al galope.
Como el esposo iba en cabeza de la columna de viajeros, y la esposa marchaba a la cola, tuvo ella, en principio, una cierta ventaja. Sin embargo, el caballo del hombre era más poderoso que el pequeño asno, y no tardaría mucho la esposa en sentir los cascos del animal a sus espaldas. Al mirar hacia atrás, por encima del hombro, vio que su esposo se había transmutado en un ser horrible: era el demonio.
— ¡Oh, por favor, más deprisa! —suplicó la mujer al asno; pero el animal, aunque lo intentara, no podía distanciarse del gran caballo que cada vez se le aproximaba más.
La mujer, en medio del pánico de que era presa, acertó a recordar aquello que le dijera la hermana serpiente. No cabía duda de que había previsto lo que sucedería. Sin saber muy bien lo que hacía buscó en su bolsa, sacó de ella las hebras de algodón y las arrojó al sendero, a sus espaldas. Al caer, las hebras de algodón se convirtieron en niebla, que fue haciéndose más espesa hasta transformar el día en noche. Al irse extendiendo la niebla dejaron de oírse los cascos del caballo. La esposa, sin embargo, apenas tuvo tiempo de saberse a salvo. Pronto sintió de nuevo, a sus espaldas, los cascos del caballo. Entonces arrojó al suelo los trozos de jabón que llevaba consigo. De inmediato, el jabón se tornó en fuerte lluvia, convirtiendo el sendero en un resbaladizo torrente que obligó al esposo a recular con su cabalgadura. Cuando la esposa supuso que estaba finalmente a salvo volvió a sentir otra vez las pisadas. Entonces arrojó el peine que de inmediato se tornó en un matorral de espinos que lo detuvieron durante un buen rato. Pero pronto lo sintió la mujer, de nuevo, a sus espaldas.
Por aquel entonces se encontraba la mujer muy próxima a su hogar; pero su esposo, el diablo, la seguía tan de cerca que podía notar su aliento. Desesperada, arrojó las madejas de lana y vio entonces que brotaba, a sus espaldas, un denso bosque con árboles tan gruesos y próximos que hacían casi imposible el paso entre ellos. La esposa se encontraba ya cerca de la puerta de su casa y osó mirar atrás; vio entonces que las manos de su esposo habían agarrado la cola del asno. No le quedaba ya en las alforjas más que las tijeras; como no sabía muy bien qué hacer con ellas, las arrojó contra su perseguidor. De inmediato se hizo el silencio. Cesó el mido de los cascos del caballo; y se apagaron, también, los gritos del perseguidor. Hasta parecieron acallarse los fuertes latidos de su corazón. Cuando miró hacia atrás vio que las tijeras se habían convertido en una gran cruz verde, que se elevaba entre ella y el diablo. Al no poder sobrepasarla su esposo se perdió vergonzosamente en la oscuridad y desapareció en la noche.
Tras descabalgar, la esposa condujo al asno hasta su jardín acariciándole la nariz. Entonces, ante sus propios ojos, el asno cambió su forma por la de una serpiente. Era la hermana serpiente, que había acompañado a la mujer durante los avalares que padeciera.
—Sé prudente y mira con quién te casas la próxima vez —dijo la serpiente a su hermana—. No te cases nunca con un extraño, sino con alguien a quien conozcas bien.
Y, tras pronunciar estas palabras, se perdió entre la hierba.