Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.



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sábado, 3 de enero de 2015

Guatemala - Mito Maya - Los hermanos gemelos

La primera versión escrita de este mito del Popol Vuh permaneció oculta hasta 1701, cuando los mayas de de la comunidad de Santo Tomás Chuilá, Guatemala, la mostraron al sacerdote dominico Fray Francico Ximénez. Las secciones que aquí comentamos proceden de las partes primera y tercera del Popol Vuh (que consta de cuatro partes). Se refieren a la creación del mundo, las migraciones y el asentamiento final de los antepasados del pueblo quiche. El siguiente mito fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford, y trata sobre el juego de pelota (tlachtii).
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Había una vez dos hermanos gemelos, llamados Hunhun-Ahpu y Vukub-Ahpu, cuya gran pasión en la vida era el juego de tlachtii. Pasaban todo su tiempo practicando los lances del juego, y se consideraban los mejores jugadores del mundo.
Sucedió que los Señores del Mundo Subterráneo, Hun-Camé y Vukub-Camé, eran también muy diestros jugadores y, como habían oído a los dos hermanos alardear de sus proezas, decidieron retarles a una partida. Enviaron como mensajeros a cuatro buhos al Mundo de las Alturas, y Hunhun-Ahpu y Vukub-Ahpu aceptaron el reto, muy confiados.
En el camino que llevaba al reino del Mundo Subterráneo de Xibaibá, los gemelos encontraron primero un profundo barranco, luego un río de agua  hirviendo, y después un río de sangre. Por fin llegaron a un lugar donde había una encrucijada. Los cuatro senderos tenían distintos colores: uno era rojo, otro blanco, otro amarillo y otro negro; y, mientras decidían cuál tomar, una voz, que venía del sendero de color negro, les dijo:
—Yo soy el camino que lleva hasta los dominios de los dioses del Mundo Subterráneo. Tomadme.
No sin cierta cautela, los hermanos gemelos se decidieron.
Aunque los dioses del Mundo Subterráneo eran diestros jugadores de tlachtii abrigaban ambos la sospecha de que los gemelos eran superiores, y optaron por tenderles una trampa a los hermanos, antes de que pudieran demostrar sus dotes. Los gemelos, por lo tanto, no llegaron directamente a la cancha en donde se había de jugar el encuentro, sino que fueron a parar primero a una gran cámara en donde había unas estatuas de madera sentadas junto a los Señores del Mundo Subterráneo. Las estatuas eran tan naturales que los gemelos se inclinaron ante ellas en señal de respeto y comenzaron a saludarlas. No habían pronunciado más que un par de palabras cuando al oír una recia carcajada de mofa cayeron en la cuenta de "su" error. Enfurecidos por el ridículo que habían hecho los gemelos, agriamente, retaron a luchar a los dioses. Los dioses del Mundo Subterráneo, empero, volvieron a engañarles. 
Así, simulando ofrecer mejor acomodo a los gemelos, los llevaron a otra cámara, y, una vez allí, invitaron a los hermanos a tomar asiento sobre dos tronos de piedra labrada. Los gemelos accedieron a ello y luego se percataron de que sus asientos estaban al rojo vivo. Acompañados por el ruido de sonoras y burlonas carcajadas dieron un brinco en el aire, rugiendo de rabia y de dolor.
Después condujeron a los gemelos a una gran caverna subterránea, que era la Casa de la Tristeza. Los Señores les dieron una antorcha cada uno, diciéndoles:
—Guardad bien estas antorchas, y mantened su brillante llama hasta el amanecer. Si no lo hacéis así vuestras vidas correrán grave peligro.
Las antorchas, que no eran más que un fino haz de cañas, se consumieron prontamente, y los hermanos quedaron en la más completa oscuridad abandonados a su suerte. Cuando se hizo la mañana por fin los condujeron ante los Señores del Mundo Subterráneo.              
—¿Dónde están vuestras antorchas? —les preguntaron los Señores.
—Se consumieron —dijeron los hermanos.
—Entonces, debéis morir.
Así que sacrificaron a los hermanos gemelos y enterraron sus cuerpos; la cabeza de uno de ellos, Hunhun-Ahpu, fue colgada de un árbol como un trofeo. Ese árbol jamás había dado frutos, pero tan pronto como le fuera colgada la cabeza sus ramas se cubrieron de frutas semejantes a las calabazas, que la ocultaron.
Los Señores del Mundo Subterráneo declararon que el árbol era sagrado, y prohibieron que fuese visitado; pero un día, una joven llamada Xquiq, llevada de su curiosidad, se acercó al árbol y empezó a mirar sus inusitados frutos.
—¿De veras moriré si toco una calabaza? —se preguntó, mientras alargaba la mano para coger una. La cabeza de Hunhun-Ahpu miró a la muchacha por entre las hojas y le escupió en la palma de la mano.
—Sube enseguida al Mundo de las Alturas —le dijo a la muchacha—, pues esta saliva te hará concebir a mis hijos.
Temerosa, y a la vez atónita, Xquiq huyó de Xibalbá. A pesar de que los Señores del Mundo Subterráneo intentaron acabar con ella, logró evitarlos haciéndose amiga de los buhos que mandaron en su persecución, y al fin halló refugio junto a la madre de los gemelos muertos. A su debido tiempo, ella también fue madre de gemelos.
Los nuevos hermanos, que se llamaban Hunahpu y Xbalanque, crecieron hasta hacerse dos jóvenes robustos, hábiles cazadores y agudos conversadores. Durante tanto tiempo como le fue posible, su madre les mantuvo alejados de cualquier cosa que pudiera hacerles conocer el tlachtii, pero un día acabaron por descubrir los guantes, la piedra redonda y las pelotas de goma que estaban escondidas. Muy pronto se obsesionaron con aquel juego que, como su padre, llegaron a dominar. Al cabo llegaría a oído de los Señores del Mundo Subterráneo la fama de su juego. 
—¿Quién osa revolucionar la tierra, allá arriba, con nuestro juego? —preguntaron—. ¿Quién nos reta a jugar ahora? ¿Os atrevéis a venir aquí y jugar contra nosotros?
Hunahpu y Xbalanque aceptaron el reto, como lo hiciera su padre, y también ellos atravesaron el peligroso barranco y los ríos de agua hirviendo y de sangre. Cuando llegaron a la encrucijada tomaron el sendero negro, siguiendo las instrucciones que les dieron. Iban, sin embargo, preparados para hacer frente a las tretas de los Señores del Mundo Subterráneo. Llevaban consigo un animal llamado Xan; y cuando se vieron en la cámara donde estaban las estatuas de madera sentadas junto a los Señores le ordenaron que fuera a mordisquear las piernas de todas aquellas personas. Las dos primeras figuras eran de madera y no emitieron quejido alguno cuando Xan las atacó; pero la tercera gritó llena de dolor, y los gemelos la saludaron muy cortésmente. El animal fue descubriendo así a todos los auténticos Señores, y los hermanos lograron superar la primera prueba.
Después los llevaron a la cámara de los tronos ardientes, pero, allí, con gran simplicidad, rehusaron tomar asiento, diciendo:
—Estos tronos son demasiado buenos- para nosotros; nos sentaremos en el suelo.
En la puerta de la Casa de la Tristeza dieron a los gemelos antorchas para alumbrarse por el camino, mas, en vez de hacer uso de ellas, pasaron a oscuras la noche v no las encendieron hasta que por la mañana oyeron llegar a los guardias.
Al fin, los Señores del Mundo Subterráneo accedieron a disputar un partido de tlachtii con los hermanos, y, para su enojo, resultaron batidos de mala manera.
Los gemelos habían ganado, pero aún se hallaban en el reino del Mundo Subterráneo, y los Señores no podían permitir que se marcharan tranquilamente. Por eso se apresuraron a capturar a los hermanos, a fin de someterlos a nuevas pruebas. Primero, les sentenciaron a pasar una noche en la Casa del Frío, lugar que tenía gruesas capas de hielo tanto en el suelo como en las paredes. Los gemelos lograron mantenerse calientes quemando pinas secas. Luego los condujeron a la Casa de los Jaguares, donde los feroces animales ansiaban su sangre. En el suelo había despojos de otras víctimas, y los hermanos lograron escapar arrojando esos despojos a los jaguares, para distraer su atención. Escaparon, también milagrosamente, de la Casa del Fuego; pero en la Casa de los Murciélagos, Hunahpu casi resultó vencido. Los gemelos pasaron la noche tendidos de bruces sobre el suelo, para no llamar la atención de los perversos murciélagos que pendían del techo; pero en cuanto se hizo de día, Hunahpu levantó cautamente la cabeza y ellos lo atacaron con saña. Sin embargo, con ayuda de una tortuga mágica, que vivía en la cueva, lograron curar la tremenda herida, y los gemelos salieron de tan dura prueba con más fuerzas que nunca. 
Conscientes de que los Señores del Mundo Subterráneo no eran capaces de vencerlos, los hermanos gemelos decidieron demostrarles sus propios poderes. Fingiéndose derrotados dejaron que se les quemara en una gran pira funeraria, alrededor de la cual se reunieron los Señores del Mundo Subterráneo para celebrar lo que creyeron ser una gran victoria. Después arrojaron sus cenizas a las aguas del lago del Mundo Subterráneo; aquello, supusieron los dioses, era el fin de la jactanciosa pareja.
Cinco días después, dos extrañas criaturas, mitad hombres y mitad peces, aparecieron a orillas del lago; al día siguiente fueron vistos en el Mundo Subterráneo dos decrépitos mendigos. A pesar de lo andrajosos que iban llamaron pronto la atención por los mágicos prodigios que llevaban a cabo. Quemaban casas, para hacerlas reaparecer acto seguido como nuevas; hacían aparecer y desaparecer animales; incluso se prendieron fuego, y al poco fue dado verlos completamente sanos y a salvo.
Los Señores del Mundo Subterráneo estaban maravillados. Comprobaron la veracidad de los hechos permitiendo que quemaran el palacio real y sus perros, que luego reaparecieron en un estado tan bueno, si no mejor, que el que antes ofrecieran; y luego pidieron a la pareja que también les prendiera fuego a ellos.
—¿Estáis vosotros. Señores de la Muerte, dispuestos a morir? —dijeron los mendigos—. Bien, si eso os divierte...
De forma harto ceremoniosa levantaron una pira funeraria, destinada a los Señores del Mundo Subterráneo, y cuidaron muy mucho de que ambos seres desaparecieran entre las llamas. 
Los habitantes del Mundo Subterráneo acudieron en multitud, con la esperanza de ver reaparecer de entre las cenizas a sus Señores; mas en esta ocasión no se produjo el milagro. Entonces, despojándose de sus disfraces, los mendigos revelaron su personalidad verdadera; los gemelos, irritados, les explicaron que habían venido a vengar a su padre.
—Este es vuestro castigo —proclamaron—. A causa de vuestra perfidia no sois dignos de jugar al tlachtii, ni someteréis a hombre alguno a vuestras reglas, como habéis venido haciendo hasta ahora. A partir de este momento no seréis más que criados, dedicados a moler maíz y a fabricar cacharros. No tendréis poder alguno, salvo sobre los animales. Vuestros poderes sobre los hombres han desaparecido para siempre.
Así pues, una vez celebrado el funeral en memoria de su padre y de su hermano gemelo, Hunahpuh y Xbalanque retornaron triunfantes al Mundo de las Alturas.

Guatemala - Mito Maya - El hombre de oro

La primera versión escrita de este mito del Popol Vuh permaneció oculta hasta 1701, cuando los mayas de de la comunidad de Santo Tomás Chuilá, Guatemala, la mostraron al sacerdote dominico Fray Francico Ximénez. Las secciones que aquí comentamos proceden de las partes primera y tercera del Popol Vuh (que consta de cuatro partes). Se refieren a la creación del mundo, las migraciones y el asentamiento final de los antepasados del pueblo quiche. El siguiente mito fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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Hay una historia acerca de la creación según los mayas, recogida en nuestro propio siglo. Cuenta que, hace mucho tiempo, hubo cuatro dioses. Ya había sido creada la tierra, que estaba repleta de plantas y de animales, así como el mar, en donde había muchísimos peces. El viento lo vigilaba todo y traía, a su debido tiempo, diferentes climas. Pero faltaba una cosa: la gente.
—Debemos crear algún ser que agradezca nuestros arduos trabajos —dijo uno de los dioses.
Los otros se mostraron de acuerdo, y comenzaron a discutir acerca de cuál sería la materia más apropiada para proceder a la creación que pretendían. Primero lo intentaron con barro. Modelaron un hombrecillo de arcilla, al que dibujaron la cara y sus rasgos. Cuando hubo secado pareció muy bien hecho; mas cuando los dioses sometieron a la figura a la prueba de las aguas aquel cuerpo se disolvió hasta desintegrarse por completo.
Entonces los dioses tomaron la fama de un árbol y, con sus cuchillos, trabajaron en ella hasta darle piernas y brazos, con sus correspondientes pies y manos, así como con sus dedos, y le esculpieron una delicada nariz, y le tallaron boca, ojos y orejas. Satisfechos de su obra, los dioses sometieron su creación a la prueba del agua; el cuerpo flotó sin ninguna dificultad.
—Veamos si soporta la prueba del fuego —dijo el primero de los dioses, procediendo de inmediato a poner en el fuego al hombre de madera.
La rama estaba seca y se consumió de inmediato entre las llamas; al poco no hubo, en lugar del hombre de madera, sino un montón de cenizas.
—Lo haremos de oro —dijo el tercero de los dioses, sacándose del bolsillo una gran pepita de oro. Una vez más los dioses modelaron la figura de un hombre. La sometieron a la prueba del agua, y no se desintegró; la pusieron al fuego, y poco después salió de entre las llamas, aún más hermosa que antes.
—Lo hemos conseguido —dijeron los dioses—. Ahora tendremos quien nos alabe —añadieron, procediendo a musitar en los oídos del hombre de oro palabras de alabanza.
Pero aquella figura nada dijo; los miraba fijamente sin verlos. Por eso, el cuarto dios, que hasta entonces había guardado silencio, habló.
Era un dios humilde, que no vestía de la espléndida y deslumbrante manera que los otros, sino en tonos gris parduzco.        í,
—Hagámoslo de carne —dijo; y antes de que los otros pudieran darle réplica desenfundó su cuchillo y procedió a cortarse los dedos de su mano izquierda. 
Los dedos cortados salieron corriendo, de inmediato, por sí mismos, tan velozmente como les fue posible. Así fue como aparecieron sobre la tierra los primeros humanos. Jamás pudieron ser sometidos a la prueba del agua o a la prueba del fuego, pues corrían demasiado; pero pronto hubo miles de ellos, que deambulaban por la tierra dando cuenta de todo lo que era comestible, protegiéndose de la lluvia con hojas y sin que los animales los atacaran.
Los dioses trataban de no quitarles la vista de encima; pero aquellos seres se movían a tal velocidad, y tenían la facultad de ver a tanta distancia, que los viejos dioses eran incapaces de seguir sus movimientos. Los dioses comenzaron a bostezar y a estirarse y acabaron por quedarse dormidos, agotados por el esfuerzo de la creación.
Un día los hombres-dedo descubrieron al hombre de oro. Se aproximaron a él, con sumo cuidado, atentos a cualquier palabra, movimiento o sonrisa de la figura. Le ofrecieron alimentos para comer y agua para beber; pero no los tocó.
Al cabo, y en actitud más osada, los hombres dedo se dedicaron a tocarlo con las manos; pero lo notaron frío y muerto, y les dio escalofríos. Sin embargo les pareció que aquello era importante; y cuando se marcharon de aquel lugar se llevaron la figura y la cuidaron como si estuviera viva. Poco a poco el hombre de oro fue adquiriendo calor, hasta que un día pronunció las palabras de gratitud que los cuatro dioses le habían enseñado.
Al oír las palabras con las que el hombre de oro les daba las gracias los cuatro dioses despertaron de súbito y miraron a su alrededor. Vieron lo que habían hecho los hombres-dedo, y se mostraron satisfechos; también sintieron gran contento ante las palabras del hombre de oro.
—El hombre de oro ha respondido como debía, y los hombres-dedo también; han hecho muchas y muy buenas cosas —dijeron—. El hombre de oro y sus descendientes serán ricos, y los hombres-dedo serán pobres. Pero el hombre rico acudirá en ayuda del pobre, pues éste también ha sabido ayudar al rico a su manera. Y el hombre pobre responderá por el hombre de oro, cuando tenga que enfrentarse ante la Faz de la Verdad. Nuestra ley es esta: Ningún hombre rico entrará en el cielo, a menos que vaya de la mano de un pobre.