Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.



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viernes, 25 de abril de 2014

México - Mito Azteca - La guerra de los Soles

El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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Se cuenta que, hace muchísimos años, hubo dos soles, uno viejo y otro joven. Un día, el viejo Sol le dijo al joven:
—Vamos a buscar un poco de miel para comer.
—Sí, me gustaría tomar un poco de miel —dijo el joven—, pero me duele una pierna y no puedo subir a un árbol.
—No te preocupes —le dijo el viejo Sol—. Yo subiré al árbol.
—¿Y me darás un poco de miel?
—Por supuesto —dijo el viejo Sol—. ¿Por qué no?
Los dos soles se adentraron en el bosque y pronto encontraron un árbol que tenía miel. 
—Subiré y, desde lo alto, te tiraré parte del panal —dijo el viejo Sol. Y trepó al árbol, hasta llegar a una rama en la que las abejas habían hecho su panal. Enseguida empezó a atiborrarse del dulce líquido.
—¡Eh! ¿Y yo qué? —gritó el joven Sol desde abajo.
—Espera un poco. Enseguida te doy un poco —dijo el viejo Sol, desde la copa del árbol—. Abre la boca.
El joven Sol miró hacia arriba con la boca abierta, y entonces el viejo Sol le tiró un trozo de panal. Para desgracia del joven Sol, ya no quedaba ni una pizca de miel y aquello no era sino una masa de cera.
El joven Sol protestó, pero el viejo le dijo que él había comido exactamente lo mismo.
—Toma, prueba ese trozo —le gritó, arrojándole otro pedazo de cera. - El joven Sol se enfadó mucho.
—Ya te daré yo a ti cera, ya —murmuró; y comenzó a modelar figuras de animales con la cera, y a ponerlas alrededor del tronco del árbol.
Uno a uno, los pequeños animales de cera cobraron vida; hasta que, al fin, se convirtieron en una manada de agutís, que empezaron a roer la tierra y luego las raíces del árbol. El viejo Sol, que seguía trasegando miel, no se enteró de nada hasta que el árbol comenzó a resquebrajarse y a tambalearse.
—¿Qué pasa? —preguntó el viejo Sol—. Parece que el árbol se tambalea... ¡Socorro!
Y el árbol, en efecto, con gran estrépito, cayó al suelo. En ese instante el viejo Sol desapareció del mundo, pero en su lugar apareció una manada de cerdos, de los cuales descienden todos los cerdos y jabalíes que hoy día existen. Se cuenta que su carne es rica y dulce, pues nacieron del Sol que se había comido toda la miel de aquel panal.

miércoles, 23 de abril de 2014

México - Mito Azteca - El dios Huitzilopochtli


El pueblo Azteca, antes llamado mexica, fue el último de los grupos nahuatlacos que llegaron a la cuenca de México, a finales del siglo XIII, cuando la mayor parte de los territorios centrales del país habían sido ocupados. Por tal motivo, se vieron obligados a luchar incansablemente para establecerse en el gran lago de México, en donde construyeron su espléndida capital, Tenochtitlán. El siguiente mito del dios Huitzilopochtli sucede en el contexto de los Cinco Soles aztecas y fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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En la presente historia, el principal dios de los aztecas es Huitzilopochtli, cuyo nombre significa literalmente «Colibrí del sur». Con Quetzalcóatl, la serpiente con plumas, Tezcatlipoca, el espejo de humo, y Xiutecutli, el fuego amarillo, Huitzilopochtli fue uno de los grandes dioses, e hijo de los creadores del universo. Cuando nació, Huitzilopochtli no era más que un esqueleto, sin carne y sin rasgos. Más tarde volvió a nacer en forma de guerrero adulto, dios del Sol y de la Guerra.
Se cuenta que, hace mucho tiempo, las siete tribus de los aztecas vivían en Aztlán, la tierra blanca, en el lugar de las siete cuevas. Era aquélla una tierra fértil, con peces y aves acuáticas de todas las especies, con pájaros de plumas multicolores, con praderas de hierba y de flores, y con plantaciones de maíz, de chile, de tomates y de fríjoles. Un día, un hombre que paseaba entre los árboles oyó a un pájaro que le llamaba urgentemente:
—Tihui... Tihui... Tihui... Se detuvo a escucharlo, y se dio cuenta de que el pájaro decía en la lengua de los aztecas las siguientes palabras:
—Tenéis que iros... Tenéis que iros...
—¿Qué habrá querido decir? —preguntó el hombre a su gente. Y como nadie le pudo dar una respuesta, marcharon hacia donde se encontraba Tecpakzin.
—Ese pájaro es un sabio —dijo Tecpaitzin cuando escuchó la historia—. Tenemos muchos enemigos, y ha llegado el momento de buscar otra tierra. No esperaba más que una señal para partir. Los dioses han hablado por boca del pájaro.
Entonces los aztecas se reunieron, e hicieron una imagen de su gran dios, el dios Sol, Huitzilopochtli. Pusieron luego la imagen sobre unas andas hechas de juncos, y lo llevaron bien alto, al frente de la caravana, dejando que los guiase hada el sur. Antes de partir, Huitzilopochtli se había dirigido a los sacerdotes en los siguientes términos:
—El lugar elegido se encuentra en las orillas de un lago, muy lejos de aquí. Allí encontraréis un águila, posada sobre un cacto que brotó de una roca. En las garras del águila hay una serpiente enroscada, y las abiertas alas del gran pájaro brillarán bajo los rayos del sol naciente. En donde veáis esta señal deteneos y fundad la ciudad. Las siete tribus partieron juntas, formando una gran caravana de indios, compuesta por hombres, mujeres y niños, que llevaban sus pertrechos liados en un hato, y que acarreaban a sus animales. Al poco se adentraron en una región muy distinta a la de Aztlán. La tierra era dura y pedregosa, y de continuo se herían los pies con las espinas y con los cardos. Entre la escasa hierba se deslizaban ratas y culebras, y grandes y fieros animales amenazaban constantemente a los componentes más débiles de la caravana.
Durante el largo viaje, el dios Huitzilopochtli decidió someter a prueba a las siete tribus. Para ello llamó al jefe Tecpaitzin y le dijo:
—Mañana por la mañana encontraréis dos hatos en el lugar en donde acampéis. Uno contendrá un puñado de palos, y el otro una valiosa joya. Pide a tu gente que escoja uno de los dos, pues así podré juzgar cuál es la tribu más sabia de todas.
A la mañana siguiente, tal y como había dicho el dios, aparecieron los hatos, y las tribus comenzaron a pelearse por ellos. Al principio, todos querían hacerse con el hato que contenía la joya; pero al rato, los más juiciosos, cambiaron de idea. La joya, en efecto, era muy bella; pero con los palos podrían hacer fuego, construir cabañas, y labrarse bastones y flechas. Todo ello les resultaría, durante el viaje, más útil que las piedras preciosas. Así, que las tribus se dividieron: Los antepasados de los aztecas escogieron el hato que contenía los palos, mientras que otras tribus se decidieron por la joya. Después cada tribu siguió su viaje.
Después de muchos años de vagabundeo y dificultades, las tribus aztecas llegaron a la ciudad de Tula, y allí se establecieron durante un tiempo, viviendo en paz y en prosperidad. Algunos pensaron que sería aquél su lugar de asentamiento definitivo, pero los sacerdotes de Huitzilopochtli sabían que era su deber continuar. Muchos, entonces, se mostraron reticentes; se habían establecido en Tula y allí habían nacido sus hijos, que no conocían otras tierras. Así, pues, el propio Huitzilopochtli decidió dirigirse a ellos:
—Haced lo que os digo y seguidme: tomaré la forma de un águila blanca. Soy vuestro Dios, yo soy el Sol que vela y protege vuestras vidas, el que os mantiene tibios. Aquel que me desobedezca y no me siga no es un buen azteca. Caminad, únicamente, cuando me veáis; y cuando mi brillo se apague, descansad. Esa será la señal, y allí construiréis mi templo.
Los aztecas escucharon muy respetuosamente, e hicieron todo lo que su dios les ordenó. Marcharon tras él, que nuevamente se había convertido en un águila blanca que brillaba a la luz del sol.
Al fin, los aztecas llegaron al Valle de México, junto al cenagoso lago Tezueo. Allí, entre las cañas, encontraron la señal que habían esperado. 
Una gran águila, posada en un cacto que brotaba de una roca bañada por las aguas del lago. Tenía abiertas sus grandes alas, prestas para el vuelo, y una serpiente se enroscaba a sus garras. 
Entonces el dios se dirigió de nuevo a su pueblo:
—Desde aquí partiréis a la conquista de todos los rincones de la tierra, y someteréis a sus gentes, pues me pertenecéis y no hay en todo el universo un Dios Sol como yo. Si lucháis y perseveráis obtendréis todo cuanto pueda colmar vuestros deseos.