Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito,Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamérica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.


Para hacer de este Blog un espacio compartido, agradeceremos los aportes de los lectores, ya sea para transcribir el mito de un país, como para expresar sus opiniones sobre la página o sobre algún mito en particular. En ambos casos pueden utilizar el vínculo de COMENTARIOS que hay al final de cada mito. ¡Ayúdenos a hacer de esta página un Banco de Mitos Latinoamericanos!

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jueves, 15 de noviembre de 2012

Panamá - Mito Guaimí - Origen del mundo y del hombra

Guaimí o Ngäbe es un pueblo indígena que habita en el occidente de Panamá, principalmente en la Comarca Ngobe-Buglé, en las provincias de Veraguas, Chiriquí y Bocas del Toro. En Costa Rica, viven en cuatro reservas indígenas: Altos de San Antonio (Coto Brus), Abrojos-Montezuma (cantón de Corredores), Conteburica y Guaymí de Osa. Son más de 200 mil personas y hablan el Ngäbere, un idioma de la familia chibcha. La frontera entre Panamá y Costa Rica se definió sin consultar a este pueblo, por lo que quedó partido en dos. Aunque se les conoce más como guaymí, ellos prefieren llamarse a sí mismos Ngäbe (que en español se pronuncia «nobe»). Este hermoso relato fue tomado del Blog Cuasran de un documento escrito por Carmen Rojas Chaves. Dice así la narración:


 
Ngöbö, el dios padre, es el creador de todo lo que existe. Es atemporal y no se le conoce su origen ni su parentesco con otros seres.

Al inicio de los tiempos, el mundo que había era de piedra y a partir de la piedra, en cuatro días, Ngöbö creó todos los elementos de la naturaleza, todo lo necesario para que la vida humana fuera posible. Por último creó al ser humano.
Primero sólo había piedra. Luego Ngöbö creó el agua y con esta cubrió todas las piedras. Quiso crear al hombre, pero vio que aún no estaban dadas las condiciones para su existencia. Entonces creó el barro, el lodo, pero vio que ahí tampoco podían nacer sus semillas, las personas. Entonces decidió crear el mundo como una gran casa de cañas con techo de palma, o como una gran totuma, según otras versiones. El mundo, entonces, tiene la forma de una gran casa, cuyo techo es sostenido por Uli Kran.
En la construcción de esta casa participaron cuatro personajes: el dueño del mapache, el dueño de la libélula, el dueño de las gallinas y el dueño de los pájaros carpinteros. Este último fue fundamental: él terminó de construir la casa, porque los demás no quisieron hacerlo.
Una vez creada la gran casa que constituye el mundo, Ngöbö creó al hombre, a partir de cuatro diferentes clases de maíz: el blanco, con el que se creó a la gente blanca; el negro con el que crearon los negros; el morado, con el que crearon a los indígenas y el amarillo, del que se crearon los extranjeros. Estas semillas de maíz las había dejado Ngöbö en la tierra, bajo el cuidado de Tibi Tolero, el dueño de los cornezuelos.
Inicialmente, todos los elementos del entorno tenían características humanas: hablaban y sentían. Luego estas facultades quedaron sólo para los humanos. Los animales querían seguir viviendo entre las sociedades humanas, ser parte de ellas. Con el tiempo la gente se fue separando de los animales y contó con la prohibición de Ngöbö de vivir juntos, de establecer parejas mixtas y de procrearse. No contentos con esta decisión de Ngöbö, los animales intentaban atraer a las personas, engañándolas de diferentes formas, principalmente tomando figura humana, como se muestra en los múltiples relatos que presentan este motivo.
Una vez que el proceso de creación de la tierra se había completado y la población aumentó, comenzaron a darse muchos conflictos entre las personas, muchas peleas. Ngöbö hizo varias advertencias a los humanos, pero estos no obedecieron. Entonces mandó un espíritu maligno, Ngiba Kogi para que recogiera todo lo que había para comer. A partir de este hecho se sucedieron una serie de cataclismos: una gran hambruna, un largo eclipse que oscureció el mundo y finalmente un diluvio que ocurrió porque Ngiba Kogi rompió la cumbrera de la casa y se metió la lluvia.
Estos fenómenos destruyeron la mayor parte del mundo creado y causaron la muerte de toda la población que había.
Pero Ngiba Kogi había guardado una semilla de maíz de dos granos. Se la quitaron y la sembraron y nuevamente hicieron la gran casa, el mundo. La semilla germinó y creció, con lo que reapareció la humanidad.
Pero de nuevo hubo conflictos entre las personas, por lo que Ngöbö, después de haber advertido en vano, mandó una prolongada sequía. Murió mucha gente y la humanidad estuvo a punto de desaparecer. Entonces la golondrina fue a buscar la lluvia y la trajo, evitando así la extinción de los pocos humanos que habían quedado.
Esta vez, Ngöbö encargó a Murie Däguien, 'El Dueño del Viento', que vigilara a sus semillas, a los humanos. Para entonces, éstos coexistían con seres muy grandes, con poderes especiales, a los que Murie Däguien se llevó para Kä Nägue, “La Ciudad de los Espíritus”. El clima se normalizó y esto permitió el desarrollo de una nueva humanidad, la actual.



miércoles, 14 de noviembre de 2012

Colombia - Mito Chimila - El mundo

Los Chimilas o Ette ennaka ('gente propia') es un pueblo amerindio que desde 1990 vive congregado en el resguardo Issa Oristunna (Tierra de la Nueva Esperanza), San Angel, municipio de Ariguaní, departamento del Magdalena, Colombia. Este relato está tomado de El sol babea jugo de piña en el que el autor Miguel Rocha Vivas compila mitos de los departamentos de Atlántico, Magdalena y Serranía del Perijá. La obra hace parte de la Biblioteca básica de los pueblos indígenas de Colombia, del Ministerio de Cultura. La narración es la siguiente y quien narra es Carlos Sánchez Purusu:  

Yunari Kraari es nuestra madre
Ella está en el principio
Está antes que Sol y Luna
Ella es la abuela de Yaau y Numirinta.
Como es una anciana le decimos Yunari
Como es extensa le decimos Kraari
Es tan ancha como la misma Tierra
Yunari es la misma Tierra
Los arroyos son sus venas y las aguas son su sangre
En su espalda y en su pecho están los ette
Sobre Yunari los ette viven.
Yunari está en la Tierra del Medio
Ella es la Tierra del Medio
Arriba hay cielo y abajo hay agua
En ambos lados vive gente
Por eso decimos que los ette viven en el medio.
Ahora la espalda de Yunari está limpia
Antes estaba sucia y llena de sangre
Yaau la limpió con agua y con fuego
La dejó sin manchas, nueva, joven.
Los ette de ahora son gente nueva
Son una nueva generación
Acabaron de bajar
Son los ette takke.
Cinco Tierras tenían que bajar
Quedó faltando una
Estamos en la cuarta Tierra
Las otras tres ya vinieron y se acabaron
Eran las tierras de los antiguos, de los dueños de los huesos y las
múcuras
nadie sabe cómo eran porque nadie las ha visto
Nadie las ha visto porque ya pasaron
Yaau las barrió con agua, con fuego y con barro.
La quinta Tierra está en el cielo, está esperando venir
Desde aquí se ven estrellas, pero allá vive gente
Allá hay montañas y ríos y hay waacha y ette
Hay casas y ciudades y hay otros yaau.
Cuando aquí es de día allá es de noche
Cuando aquí es de noche allá es de día
Es al revés
Cada vez que vemos una estrella fugaz, allá arriba hay una culebra
Lo mismo cuando se oyen animales en la noche
Los ruidos son porque arriba están cazando ñeque.
A veces se abren unas puertas en el cielo y la gente se asoma
«Queremos bajar, ya es nuestro turno», dicen
Cuando ellos bajen el mundo de ahora se acabará
No volverá a haber violencia y muerte
Esa es la quinta y última Tierra.
Abajo está la Tierra de Abajo
Allí también hay montañas, casas y personas
Pero todo es diferente
Es un mundo oscuro y de agua
Hay muchas fieras que a veces se asoman por los nacederos de
agua
No queda en el fondo del mar sino debajo del mar
Después de ella no hay nada.
La Tierra de Abajo sostiene a la del Medio
La del Medio sostiene a la de Arriba
La Tierra de Abajo nos ve a nosotros como nosotros vemos a la
Tierra de Arriba.
Donde se acaba la Tierra hay cuatro horcones

Están más allá del Magdalena y del Ariguaní.
Ellos sostienen el cielo
Como cuando los horcones de una casa sostienen el techo
Nuestra tierra es como una casa pero más grande
Parecen horcones pero en verdad son hombres, son ette.
Los ette sostienen la Tierra
Los ette hacen esto con su pensamiento
Cuando el último de los ette haya muerto, ese día todo se acabará
Cuando los ette se acaben la Tierra de Arriba bajará.

Colombia - Mito Huitoto - La Gran Boa

Los indígenas Huitoto (o witoto) habitan en la zona del sur del departamento del Amazonas de Colombia. Se estima que esta etnia tiene una población de 6.245 personas. Los Huitoto hablan diversos dialectos de acuerdo con la zona donde se asientan. Este relato está tomado Las palabras de origen, tomado de la Biblioteca básica de los pueblos indígenas de Colombia, del Ministerio de Cultura. El autor de este compendio es el filósofo colombiano Fernando Urbina. La narración es la siguiente:


Dïïjoma se puso a hacer remedios. Hizo remedio de boa. Pero no
guardó la dieta correspondiente y fracasó por no completar el estudio.
El espíritu de ese remedio se apartó de él en la orilla del río. Allá se
quedó colgado en la punta de una hoja.
Dïïjoma se fue a bañar y vio eso colgadito. Colocó la mano para
cogerlo, pero cuando caía le pasaba por entre los dedos. Como no lo
consiguió de esa manera, entonces la segunda vez dobló una hoja y la
colocó debajo de donde colgaba. En esas cayó, pero aun así no logró
capturarlo, porque se escurrió por un roto de la hoja. Así se escapó y
él quedó pensando la manera en cómo capturar esa boita.
Vino a la casa y llevó un cernidor. Lo puso debajo. Como el cernidor
era de hueco grande no le sirvió porque el animal se escurrió
por entre el tramado. Quedó pensando. Él no podía cogerlo porque
estaba relacionado con su fracaso. Se preguntaba una y otra vez con
qué podría capturarlo. Se fue a la casa y llevó una ollita y la puso
debajo. En eso sí cayó la boita, se deslizó y se amontonó allí y comenzó
a serpentear, a revolcarse. Él llevó el animalito a la maloca y se puso
a criarlo.
En la ollita donde estaba la cría se formó agua. Cuando se llenó
de líquido y ya no cabía el animal, lo pasó a una lagunita y lo dejo ahí
para continuar criándolo. En ese pocito se crió. Él se puso a meditar
en la forma en que lo iba a alimentar hasta que encontró la manera: le
daría almidón.
Encargó la preparación del alimento a la mujer. Fueron a traer
yuca, rallaron y colaron. De ahí en adelante se aprendió cómo es que
se obtiene el almidón. De ese rallado sacaba almidón en bolitas y le
daba de comer a la boa.
Entonces fue cuando él preguntó quién iría a darle de comer a la
boa. Le dijeron que quien iba a hacerlo era Ecofaiyaño, su propia hija.
Ella se fue a darle de comer, pero el animal no le recibía porque no
quería a esa muchacha. Entonces ella vino y dijo:
–Papá, nuestra cría no quiere comer.
–¡Ah! Lo que sucede es que tú no le gustas. Por eso no come lo que
tú le das. La que tiene que irle a dar al el almidón es mi hija Nibagïeño.
Ella se fue a darle de comer. A ella sí le recibía el alimento. Ella
vino y dijo:
–Papá, de lo que yo le di sí comió.
–Eso es porque sí le gustas –replicó el padre.
Nibaguïeño quedó encargada de cuidar de la alimentación de la
boa. Le daba y le daba almidón puro, hasta que ya se fue poniendo
grande y la laguna se fue ensanchando. Así ella le daba de comer hasta
que al hacerlo el animal metía en su jeta el brazo de la muchacha hasta
el codo. Ella le contaba al papá:
–Nuestra mascota tiene mucha hambre porque ya quiere comerse
mi mano y mi brazo.
Así el animal iba paladeando la mano y el brazo de la muchacha
cada vez que le daba de comer. La boa tomó el nombre de «Comedor
de almidón» porque comía solo almidón. Se llamó «Acuoso», porque
entre más y más días, aumentaba más y más el agua. Se nombró «Perforador
», porque hacía túneles para salir a otros ríos y «Boa del frío»
porque a veces llegaba en forma de fríaje.*
Así, ella daba de comer y así mismo el animal crecía y crecía. Cada
vez que le iba a dar de comer le mordisqueaba la mano. Ya era un
animal grandísimo. Cada vez la mordía más y más arriba.
Así le daban. Y era muy grande. Según iba creciendo el animal, el
agua aumentaba y la laguna se hacía más y más grande.
Cada vez que ella iba a darle de comer traía la razón de que le boa
le mordisqueaba ya todo el brazo. Como era laguna el lugar donde él
estaba, perforaba túneles. Le daban y le daban, y así mismo él abra y
abra hueco. Hacía esos túneles para él andar por ahí, y ya salía de la
laguna al río. Solo regresaba cuando le venían a dar de comer. Cada
vez que le mordisqueaba la mano y el brazo ella le contaba al papá y
ya la cocha era más y más honda.
Ya era Excavador, Profundizador, era Acuoso, porque producía
agua, era «Resbalador», porque se deslizaba por los túneles.
Entonces Dïïjoma, como su cría había crecido tanto, resolvió invitar
a toda la gente a un baile para que viera la boa y la admirara. Ya era
muy grande. Cada vez que le daban de comer flotaba.
Llegó la gente. Él preparó a la hija: la vistió, la arregló, le puso
chaquira y pulsera y le entregó una gran bola de almidón.
En presencia de todas las tribus invitadas ella fue con esa bola
de almidón en la mano. Se puso a golpear el agua. En ese momento
apareció la boa. Ahí tomó el nombre de «Zumbido de bañero». Cuando
la muchacha golpeó el agua con la palma de la mano, la serpiente se
vino. Ella le dio la bola de almidón.
Ahí fue cuando el animal se la tragó con todo y se fue para el río.
Y ya no volvió Nibagïeño, la hija más bella del cacique.
Se preguntaba Dïïjoma por qué su hija no regresaba; entonces le
dijo a Ecofaiyaño:
–Vete a mirar y averigua por qué no ha vuelto tu hermana.
La muchacha se fue a mirar. Se paró en la orilla pero no vio a nadie.
Después de que se fue la boa la laguna esa se secó.* Regresó otra
vez a la maloca y dijo:
–Ahí no está mi hermana Nibagïeño. Yo no vi a nadie. La laguna
está seca.
Él se puso a pensar. Se emborrachó con tabaco y dijo:
–Mi hija se fue a traer la boa.
Pero resulta que la boa es el propio espíritu de Dïïjoma. Él se puso
a llorar y al verlo los bailarines se fueron cada uno para su casa.
Dïïjoma llamaba a la boa golpeando el agua a ver si la boa salía,

pero esta no aparecía. Se había ido. La boa se fue tomando agua después
de tragarse a la muchacha. Se llamó, «El bebedor», se nombró «El
escurridizo», se apellidó «El que se resorta». Como estaba en eso no
venía y se fue tragando agua por todos los ríos.
Dïïjoma se puso a pensar y dijo:
–Tengo que ensartar las cuentas del collar de mi hija.
Con ese fin mandó a rallar yuca a la mujer con el fin de sacar
harto almidón. Se colgó de su cuello el ambil, se puso en la cabeza
una olla de barro y llevó en la mano otro hilo de cumare con el objeto
de ensartar las cuentas. Le entregaron la bola de almidón. Ya se fue
y golpeó el agua llamando a la boa: golpeó y golpeó. Ya vino la boa.
Como era Acuoso, al llegar se llenó de agua la lagunita.El hombre
estaba listo con el almidón en la mano. Golpeaba el agua. La boa se
lo tragó con todo y almidón. Después de devorarlo la boa se alejó.
Era el mismo espíritu que se había tragado a su hija. Era él mismo.
Ya adentro, él llegó y se aposentó en la misma tripa donde había
sido tragada la hija. Rasgó las costillas e iba botando y botando trozos
de carne. Ahí donde él escarbó la carne, él se sentó, quedó como en un
nicho, y se puso a ensartar las cuentas del collar de la hija que estaban
desperdigadas en la barriga de la gran culebra.
La boa fue viajando. Pasó por el «Río de agua caliente», pasó por
el «Río de aguas barrosas»; se fue por todas partes tomando el agua de
todos los ríos. Nada podía contra Dïïjoma porque la boa era el espíritu
del mismo Dïïjoma. El vengador iba cortando y cortando a la culebra,
y cortaba y cortaba y botaba y botaba. Él iba matando el espíritu de él
mismo. Sufría por ello. No pudo hacer nada: él se mataba así mismo.
La boa tomó el nombre de «El Bebedor».
Ya la boa se fue debilitando. Dïïjoma la fue dominando. Por los
ríos por donde pasaba tragaba gente. Tragó «gente de canangucho»;
tragó «gente de yuca». Así andaba y el hombre se decía: «Ya lo tengo
dominado».
Y así la fue matando y matando, quitándole la carne, dejándole
solo el cuerito. La boa, al no poder matar a Dïïjoma, se fue a la punta
de un río a donde la abuela Jaïare Buinaiño y le dijo:
–Abuela, a ti vengo.
–¿A qué se vino?
–Pues yo me vine porque me tragué a la hija de Fereña Fïkai y mi
corazón arde, está débil.
–Yo te dije que no tocaras eso porque era muy poderoso; él es
Dïïjoma.
La abuela le dio como remedio un palito para vomitar pero después
de meterlo y batir el estómago, no pudo expulsar a Dïïjoma,
no lo pudo trasbocar. Como no se pudo curar, la abuela lo reprendió
diciendo:
–¿Por qué tocaste eso si yo te dije que no lo hicieras? ¡Vete! Márchate
al sitio donde vivías y defiéndete como puedas.
Ya se regresó la boa. Ya estaba muy enferma, débil. Entonces el
mismo Dïïjoma se quejó en la barriga de su mismo espíritu. Le dio
fiebre, escalofrío, se quejaba.
La boa iba viniendo, viniendo. Hay un punto que se llama Menaiji,
«Agua de Milpés», allí llegó. Después, cuando su cuerpo se debilitó,
cuando su cuerpo estaba magullado y adolorido, el lugar donde sintió
eso se llamó Jibegïi; el lugar donde se le reventó la hiel y se volvió
amargo su aliento se llamó Erïñoi. Ya la boa llegó al bañadero de Dïïjoma.
Ya el espíritu le avisó a Dïïjoma que habían llegado a ese lugar,
que se apresurara a romper el cuero y saliera. Cuando llegó, la boa se
deslizó y se volteó. En ese momento Dïïjoma salió fuera del animal. La
boa se revolcó y murió. Ahí Dïïjoma sufrió porque el que moría era su
propio espíritu, por eso tenía escalofrío y se quejaba.
Del sitio a donde llegó en esa boa él trajo la variedad de yuca dulce
que se llama nuyogï nobï. Él fue subiendo por la ribera despacio, enfermo.
Más acá de la casa encontró a su hija Ecofaiyaño y dijo:
–¡Hija!
–¡Quién me dice hija si mi papá se perdió hace tiempo! ¿Quién eres
tú para que me engañes así?
Así le dijo la muchacha porque no lo reconoció de lo puro demacrado
que estaba. Él le contestó:
–Soy yo, Dïïjoma. Tu padre. Haz candela porque tengo mucho
frío.
Le pidió que amontonara palitos debajo de él y prendiera fogón
para calentarse. Ella lo hizo así, ponía y ponía palitos debajo del
papá.
Entonces Dïïjoma, después de calentarse cogió el palo de yuca
dulce y lo clavó en el patio de la casa. Puso el espíritu de esa yuca con
forma de huevo en el cogollo, para que se volviera una criatura.
Entró nuevamente a su casa y se acostó en la hamaca ubicada cerca
del fuego. La muchacha atizaba la candela.
Ese corazón se formó en huevo y se lo comió la hija. Ella decía
solita: «¡Ay! ¡Qué bueno está el huevo de ese pájaro!».
Así comentaba ella y atizaba el fogón.
Dïïjoma se fue calentando, se fue abrigando y se fue mejorando
con el calor de esa candela que ella llamó «candela que sana», «candela
que alivia».
Resulta que cuando a Dïïjoma se lo tragó la boa, ella se enyuntó
con un hombre de la misma gente de ella. Cuando Dïïjoma regresó le
preguntó a la hija:
–¿Dónde está tú mamá?
–Mi mamá se juntó con gente de su propia tribu.*
–Pues déjalos que vivan. Ahora tú vete y trae la hoja y la raíz del
yarumo.
Ella se fue y trajo eso. Entonces Dïïjoma convirtió la hoja en ala y las
raíces en garras, transformándose así en una formidable águila. Le dijo
a la hija que se pusiera en su cabeza hoja de yarumo para distinguirla.
Dïïjoma cogió el carbón y lo deshizo en la mano. Con ese polvo se
pintó los ojos. Todo quedó negro en esa parte. Y él se sentó y miraba
con esos ojos. La hija volviéndose hacia él le dijo:
–¡Ay papá! ¡Tú así te ves miedoso!
–¿Verdad que aterrorizo? ¿Te parece realmente que soy espantoso?
Le dijo que se pusiera hoja de yarumo blanco en la cabeza y salió
de la maloca posándose luego en la cumbrera. Ahí ya cantó como
májaño.
Fififififififiiiii…
De allí voló y se posó en un palo alto, un palo de merïsiguï. En
ese palo hizo el nido. Después vino a llevar el huevo que tuvo que
reemplazar porque la hija se lo había comido.
Cuando nació el pollo, él le daba de comer. Le traía toda clase de
animales: pericos, culebras, pájaros. Así él traía y traía hasta que empezó
a agarrar y traer gente. Empezó con la gente que se había enyuntado
con la mujer de él. Esto ya era por venganza. Por eso es malo que uno
le quite la mujer a otro porque siempre llega el fracaso y la venganza.
Él terminó trayendo gente de todas partes, pues ya casi había acabado
con su propia tribu. Cuando los sorprendía, los atontaba con
aletazos y después se los cargaba. La gente se estaba acabando, hasta
que cayeron en la cuenta. Entonces el jefe se dijo: «¿Por qué será que
nos estamos acabando? ¿Qué será lo que nos está pasando?».
Al ver que la gente estaba mermando reunió a los que quedaban
en la maloca. Y se puso a buscar por medio de borrachería*** la causa
de esas desapariciones. Entonces, a través del ensueño que produce el
tabaco sagrado, vio y habló así:
–Dïïjoma nos está acabando por haberse emparejado alguien con
la mujer de él.
Les pidió que cuando salieran lo hicieran en parejas y cortaran y
trajeran varas. Con eso arreglaron la maloca dejándola bien cerrada,
de tal manera que no quedara ni un agujero. Pidió que dejaran abierta
solamente la puerta para hacer ahí una trampa. Pusieron a la cría de
Dïïjoma al otro lado de la trampa para que él entrara a cogerla.
Así fue que cuando entró se le disparó la trampa. Él cayó en la
propia trampa, porque él inició eso de exterminar a todos y terminó
con el mismo invento de él, que es la venganza. Lo cogieron e hicieron
en el patio una especie de pasera. Ahí lo colocaron y lo fueron desgarrando.
Le sacaron todas las plumas; la que es como algodón se utiliza
para pegarla en las pantorrillas con leche de caucho. En el Baile de
Okima se usa todavía. Las garras las disecaron. Dïïjoma fue comido
por Juzíñamui.
Así acabó la vida de él.

Colombia - Mito Huitoto - Origen de los seres humanos

Los indígenas Huitoto (o witoto) habitan en la zona del sur del departamento del Amazonas de Colombia. Se estima que esta etnia tiene una población de 6.245 personas. Los Huitoto hablan diversos dialectos de acuerdo con la zona donde se asientan. Este relato está tomado Las palabras de origen, tomado de la Biblioteca básica de los pueblos indígenas de Colombia, del Ministerio de Cultura. El autor de este compendio es el colombiano Fernando Urbina. La narración es la siguiente:

Voy a contar la historia del Uuikï
En el principio nada había aquí. Nuestro padre, el que nos creó, no tenía extremidades, carecía de miembros. Era corazón únicamente: el corazón que habla. Era un corazón bueno.
Buscaba la manera de dar vida. Meditaba la forma de hacer la creación; entonces indagó cómo había aparecido él mismo.
El solitario corazón empezó a hablar, a decir palabras dulces, llenas de buena fe, plenas de buena intención.
Con las palabras de ese buen corazón fuimos creados.
Dijo:
–Ya di vida a mi prole. Ahora pondré a uno de ellos, al mayor, en reemplazo mío. Se llamará «Hombre de yuca».
El creador no aconsejaba. Solo contaba historias. No puso sobre aviso al primogénito, por eso este era aún débil, no eran rectos sus senderos.
Hombre de yuca comenzó a contar historias a las gentes como si fueran propias suplantando a su padre, pero antes del momento indicado.
Se presentó como el sabedor, el que transita los caminos del sueño sin estar dormido, y busca y ve.
Se presentó como el que sabe indagar los comienzos.
Se presentó como el que sabe indagar el final.
Como el que hace que la gente nazca fuerte, igual a un plantío que medra en tiempo bueno.
Se presentó como dueño de las tradiciones. Como el que conoce el origen de todas las tribus.
El que sabe del inicio y destino de los brujos primordiales.
–Yo soy –dijo– el que habla de las frutas, de su origen y de cómo quedaron en poder de las gentes y de los bailes y adivinanzas que les son propios.
–Yo soy el que se asoma para saber quién aparece en la distancia.
–Yo soy el relámpago que ilumina, el que sabe del nacer que es abrirse paso del vientre hacia la luz.
–Yo soy el caudillo, el que ordena, el que distribuye los oficios.
Eran los nombres del creador. Eran las palabras buenas. El padre habló así:
–Hijo, con estas palabras puedes ayudar a los demás. Están bien formuladas. Todo dependerá de ti para que la gente medre. Dirás al presentarte: «Yo soy Hombre de yuca. Yo soy Fuerza omnipotente, Cabeza principal».
«Dador de vida» no lo autorizó para hablar inmediatamente. El hombre nuevo carecía de fuerza. Aún no había sufrido. Sin embargo, Hombre de yuca alardeó de sus nombres, y al ver a la gente reunida a su alrededor comenzó a repetir las historias.
El padre al oírlo cogió una vara y lo golpeó. De la misma manera que se rompe una tinaja llena de agua o un huevo, así el hijo se desplomó.
Solo quedó el fuego que estaba al pie de la gente. Al golpe propinado por el padre se esparció la ceniza que empolvó la concurrencia. Esas gentes se transformaron en loras. La ceniza dañó su atuendo, por eso son rucios por encima y como las palabras que oyeron carecían de validez van por ahí repitiendo historias sin sentido.
La sangre del hijo se regó. Lloraba por el sufrimiento. Desde entonces se gime cuando se pierde algo.
Apesadumbrado estaba «Corazón que habla» por la suerte del hijo, que al desaparecer había dejado en desamparo a la prole. Por eso le habló así:
–No gimas. Ahora lograrás lo que deseas. Encontrarás lo que buscas.
Comenzó a lamer la sangre que lloraba. Puso a un lado las sobras junto con el resto de cenizas: fue el origen del agua.
Por medio del espíritu, el hijo le habló al padre:
–Debes mirar muy bien, sin distraerte, el punto en que aún aliente un resquicio de fuego. Me verás allí en medio del silbido de la llama.
Debes echarme mano cuando me descubras. Con aire frío Corazón que habla sopló el rescoldo. Se apagó. Nada más pudo verse. Buscó afanosamente el punto en que el fuego había brillado por última vez. Y vislumbró algo: el hijo estaba allí, sentado.
Y antes de desaparecer de nuevo dijo:
–¡Padre! ¿Qué vas a hacer? ¿De qué manera conseguirás que vuelva a ser el de antes?
En su lugar, al desvanecerse, se empezó a ver un algo verde. Era la raíz de todas las cosas: el tabaco.
Creció la planta y habló de esta manera:
–¡Padre! ¿Viste que ya volví a nacer? Ese soy yo.
Entonces Corazón que habla, al ver que el hijo había resucitado, se despidió de todo diciendo las últimas palabras: que él se iba y que en su lugar el hijo continuaría contando las historias.
Fue así como Hombre de yuca quedó con todos los poderes del padre.
El anciano se fue a un lugar llamado «Pozo de la olla de barro» en el río Caquetá. Es de allí de donde procede la gente de olla. Se llevó  una parte del tabaco dejando al hijo la otra para que con ella pudiera
hablar con derechura. De ahí viene que para hablar bien es necesario el tabaco.
Entonces, el hijo repitió las palabras que había pronunciado antes de ser castigado. Estas mismas palabras quedaron con nosotros. Vienen de antigua y no les quitamos ni agregamos nada. Son las historias
de la gente de olla.
Hombre de yuca, con el solo poder del tabaco, congregó nuevamente a todos los que iban naciendo. Invocó al padre:
–¡Padre mío! Quiero que esta vez lo esté haciendo bien. Espero que me des las buenas palabras, el buen corazón, para poder hacer bien las cosas.
Corazón que habla le concedió todo advirtiéndole que si obraba mal en contra de sus hijos, sería castigado.
Es este el comienzo del rafue del Uuikï. Yo lo sé porque mi corazón es bueno, porque piensa el bien, el cómo ayudar a la gente e indaga el modo de vivir justo. Por eso sé toda esta tradición.
De la gente que él mismo había ayudado a nacer salió «Hombre de frutas». Él cogió una de las ollas de barro como señal de identificación con Hombre de yuca. De esa manera quedó como jefe de la gente de
olla.
Hombre de yuca recomendó a Hombre de frutas que preparara un poco de goma y se la untara en la mano para recibir el corazón del padre. Fue el comienzo de los remedios mágicos.
Tan pronto Hombre de frutas untó la goma en sus manos comenzó a tronar y a relampaguear. Estaba listo.
Hubo varias clases de relámpagos: rojos, amarillos, verdes, azules, blancos. Es el origen de las frutas. En medio de esos relámpagos le llegó lo prometido por Hombre de yuca: el corazón del padre.
Vio en la palma de su mano una bola bonita. Exclamó entonces Hombre de frutas refiriéndose a ella:
–¡Bonita mi hija! ¡Bonita mi gente!
De improviso la bolita desapareció de su mano. Pero no se alejó de él. Penetró en su corazón para que tuviera inteligencia y así poder reemplazar a Hombre de yuca.
Ya Hombre de frutas comenzó a hablar como su antecesor:
–Yo hablo de lo que está en mi corazón, así como mi padre.
Fue la primera vez que nombró como su padre a Hombre de yuca, y luego agregó:
–Ahora he de querer a todos mis hijos. Los he de alabar, los he de mimar.
Después de esto el jefe de la gente de olla comenzó a buscar compañía y la encontró entre la «gente pez».
Los parientes de su mujer no tenían qué comer. Charlaban entre ellos comentando acerca de la abundancia que siempre reinaba en casa de Hombre de frutas.
Eran dos los hermanos de la mujer. Uno se llamaba «Curador de niños», el que reza a los niños para que vengan bonito. «Madurez de frutas» era el otro. Era como adorno de plumas, igual que las frutas coronan los árboles.
En vista de la escasez resolvieron trasladarse a casa de su hermana, a la que encontraron sola, en tanto que Hombre de frutas se hallaba lejos en sus labores cotidianas, pues era hombre muy trabajador.
Antes de ausentarse Hombre de frutas había envuelto una bola de almidón dejándola muy bien guardada donde no pudiera ser vista fácilmente. Esa bola era el corazón del padre.
Los visitantes traían adivinanzas. Uno de ellos cantó así:
La madre mía, y la abuela mía
fueron a buscar comida
al otro lado del río.
Aún no han regresado.
No tenía sonajero de semillas. Solo traía una maraquita amarrada a la punta de una vara. Ellos bailaban haciéndola sonar. Esperaban el regreso de Hombre de frutas; pero cansados después de aguardar largo rato, se robaron la bola de almidón, pues tuvieron tiempo para descubrirla, y huyeron.
Al regresar del trabajo Hombre de frutas descargó en el patio la leña que traía. Entró en la casa y, siguiendo su costumbre, lo primero que hizo fue buscar la bola de almidón. Al no encontrarla interrogó a su mujer acerca de quién había venido en su ausencia, y su corazón se llenó de mala intención.
–¡Cuñado! Nosotros vivimos hace poco con la esperanza de comer, pues se dice y es fama que aquí hay siempre abundancia.
Él nada contestó. Estaba furioso con sus cuñados, por eso les dio muerte y los devoró. Su mujer le trajo ají con lo que condimentó la comida. Desde entonces se utiliza siempre para hacer sabrosos los alimentos. También desde ese día se sabe que nadie debe burlarse, ni jugar, ni robarse el Uuikï por ser algo sagrado. El que lo haga perderá la vida, tal como aconteció con Cuidador de niños y Madurez de frutas.
A causa de la muerte de los hermanos de su mujer, Hombre de frutas perdió todos sus derechos y poderes. Comenzó a enfermarse, enloqueció, sus palabras carecían de sentido y no daba razón de sus actos. Igualmente su mujer enfermó de gravedad, y al no poder hacer nada para aliviarla, él abandonó la casa con el deseo de que muriera durante su ausencia y así no tener que presenciar su padecer.
Cuando estuvo lejos se oyeron ruidos dentro de la casa como de gente que hablaba. Entonces, la mujer preguntó:
–¿Quiénes son los que hablan? ¿Por qué no me vienen a aliviar del mal que estoy sufriendo?
Le contestaron:
–¿Quiénes más podrían ser? Pues nosotros, tus hermanos. Vinimos a disfrutar de la abundancia de esta casa, pero tu marido nos dio muerte y luego nos devoró. El ají que tú le diste le está haciendo arder su boca y su corazón. Por eso habla y hace cosas de loco.
Dichas estas palabras curaron a la mujer y dejándola completamente sana se alejaron. Eran solo espíritu.
Cuando el jefe de la gente de olla regresó a la maloca, estaba seguro de no encontrar ya viva a la mujer, pero al llegar la vio sentada al pie del fogón haciendo su labor. Al encontrarla así él mismo se fue sintiendo bien. Entonces se fue directamente al lugar donde había guardado el Uuikï antes del robo. La bola estaba allí. La desenvolvió y la puso en la palma de la mano. Dando vueltas como un trompo la bola habló de esta manera:
–Yo soy tu hijo, yo seré tu corazón para que tus palabras vengan haciendo buen camino. Debes cuidarme, debes guardarme bien, pues yo seré quien te inspire lo que has de decirles a las gentes.
Fue en esa ocasión cuando Hombre de frutas comenzó a hacer un canastico para guardar el Uuikï. La bolita no dio su aprobación al primer canasto, pues era de ojo muy ancho; ni al segundo, cuyo entramado era de un solo ojo; ni al siguiente que confeccionó con base en tres ojos. Pacientemente Hombre de frutas buscó la forma apropiada de tejer y después de mucha brega dio con ella. El cuarto canasto fue aceptado: los de ese estilo carecen de rendijas.
Se afanó luego en conseguir lana de hormiga para envolver suavemente al Uuikï y finalmente lo depositó en el canastico. La bola le recomendaba de continuo que debía ser muy cuidadoso con ella. Le decía:
–Si velas por mí te daré buenos consejos para que las gentes de todas las tribus nazcan sanas. Seré tu corazón. Serás el guardián de las palabras buenas. Serás como yo fui anteriormente. No pienses el mal: es la recomendación que un padre debe conservar y transmitir a los hijos.
De la misma manera como el Uuikï fue envuelto y consentido, así mismo viene la costumbre nuestra de envolver a los hijos para abrigarlos, y también de ser muy cariñosos con ellos.
Ya Hombre de frutas se irguió como varón, se plantó firme y compuso la canción que se interpreta antes de iniciar el Baile del Uuikï. El grupo de invitados a la maloca debe cantar así al ir llegando:
Traiga harta lana
porque el niño llora.
El dueño del baile advierte:
Mi padre, el Hombre de frutas,
es el dueño de estas canciones.
Les responden los visitantes:
La hija de Hombre de frutas
está naciendo.
Todos nosotros venimos a reverenciarla,
después de hacerlo afuera
la introduciremos en la casa.
Allí permaneceremos cantando.
Quien se dedique a este baile debe saber esta canción. Será la primera. Con ella se dará comienzo al baile y ella permitirá que se pueda amanecer bien sin que haya nada que lamentar.
Con las canciones propias del Baile del Uuikï y contemplando la bola recordamos que ella es el corazón de Hombre de yuca, que quedó en poder de Hombre de frutas, jefe de la gente de olla.
Para nosotros esa bola viene siendo el tabaco. Por eso cuando repartimos el yera [ambil] lo entregamos en forma de bolita y lo damos para que se graven las canciones, para que el canto sea bueno, para acertar en las adivinanzas, para estar tranquilos y contentos y hacer bailar a los niños.
El que es inteligente y quiera que su gente viva en paz, el que le gusta ver que los demás se diviertan y el que busca el saber de los antiguos, puede hacer este baile.
Es bueno lo que tú, Octavio,haces: andar averiguando este rafue, porque todo lo quieres saber bien aunque pases sufrimientos, aguantando el sueño porque estás interesado. Lo mismo me sucedía a mí cuando era joven. Así como Hombre de frutas sufrió para recuperar su sabiduría, así mismo han de padecer y sufrir los que quieran aprender.
El aprendizaje se hará en los bailes, pues en ellos los que saben mostrarán sus conocimientos mediante adivinanzas. El camino de las palabras buenas es incómodo. No se transita fácilmente. Es necesario esforzarse, hay que trasnochar, se debe suplicar e insistir.
Cuando Hombre de frutas cometió el crimen el Padre le quitó su saber, se llevó su inteligencia, lo despojó de las palabras buenas; le ordenó preguntar, indagar, esforzarse por aprender nuevamente y así poder enseñar a los demás.
Quien hace el Baile del Uuikï debe ser fuerte, tenerse firme como hombre. Cuando yo llegué aquí la gente andaba triste. No me agradó esto. Para traer la alegría y el bien comencé a hacer Baile del Uuikï.
Así fue. Pero la envidia no falta. Me hicieron muchas maldades para que abandonara mi propósito. A mis enemigos no les gusta este baile.
Resistí. Lo seguí haciendo, pero mediante hechicería incendiaron mi casa. En esa ocasión perdí mis cosas [raa]. Perdí el Uuikï. Sin él ya no puedo celebrar el baile. Claro que puedo hacer otra bola. De querer elaborarla nuevamente he de comenzar con lamentaciones.
Nosotros, los que preferimos este baile, somos los verdaderos hijos de Hombre de frutas. Por eso yo estoy vivo y si alguien quiere tenerme en cuenta, pues puede venir a visitarme antes de que yo muera, así como tú lo haces.
Hay gentes que alardean saber mucho. Sin embargo, no piensan en estas cosas sino en hacer maldades a quienes van derecho, obligándolos muchas veces a abandonar las tradiciones.
Antes que yo hubo muchas gentes. ¿Qué se hicieron? ¿Dónde están? Alguien dejó todo el saber en las adivinanzas, pero ese saber se pierde día a día y son esas palabras las que permiten que la gente renazca como nuestro Padre.
Solo en tu corazón supiste que yo tengo ese saber. Nadie te dijo que yo poseo lo que a ti tanto te interesa. Quien puso eso en tu corazón es alguien a quien no podemos ver sino que solo escuchamos dentro de nosotros: te lo dijeron la coca y el tabaco. Son palabras de nuestro Padre. Es lo que a él le gusta. Entre más digamos estas cosas, entre más enseñemos él estará más contento y nos dará más poder para hablar y hablar.
Ahora escucha esta canción:
Allá abajo,
cuando aún nosotros no habíamos aparecido,
surgió el mayor de los hijos de Hombre de yuca.
Es a él al que nosotros estamos mimando.
Ahora que ya nos hemos desarrollado
lo conmemoramos con esta clase de baile.
Abajo está nuestro primer padre Hombre de yuca.
Con la abundancia que él trajo estamos contentos.
Los antiguos testifican estos hechos. Hicieron bailes igual que Hombre de frutas y en ellos les habló el corazón del Padre.
Este rafue no está dentro de los palos, ni dentro del agua, sino dentro de las gentes que se interesan por él. No es propiedad de nadie en particular. Esas son las tradiciones que nos han recomendado los antiguos. Nunca vayas a olvidar ni abandonar este rafue, ni la coca, ni el tabaco.

Colombia - Mito Huitoto - Origen del hombre

Los indígenas Huitoto (o witoto) habitan en la zona del sur del departamento del Amazonas de Colombia. Se estima que esta etnia tiene una población de 6.245 personas. Los Huitoto hablan diversos dialectos de acuerdo con la zona donde se asientan. Este relato está tomado Las palabras de origen, tomado de la Biblioteca básica de los pueblos indígenas de Colombia, del Ministerio de Cultura. El autor de este compendio es el colombiano Fernando Urbina. La narración es la siguiente:

El Padre sentado entre el silencio

maduraba silencios.
Aún no se inventaba el trueno
ni el murmullo del viento entre las hojas,
el rugido del tigre, el grito de las águilas,
ni la voz como espina del zancudo.
¿Con quién puede hablar el dios?
Entonces vio su sombra,
estaba allí, sentada.
Se inventó la palabra y el eco respondió
(el eco, que es la sombra del sonido).
–¡Ya tengo compañero!–
exclamó el Padre.
Fue así como los hombres nos formamos.
Por eso nos sentamos frente al padre
y cuando en el ritual la voz eleva
repetimos sus últimas palabras.

Colombia - Mito Huitoto - El árbol de la abundancia

Los indígenas Huitoto (o witoto) habitan en la zona del sur del departamento del Amazonas de Colombia. Se estima que esta etnia tiene una población de 6.245 personas. Los Huitoto hablan diversos dialectos de acuerdo con la zona donde se asientan. Este relato está tomado Las palabras de origen, tomado de la Biblioteca básica de los pueblos indígenas de Colombia, del Ministerio de Cultura. El autor de este compendio es el colombiano Fernando Urbina. La narración es la siguiente:


Y la Tierra joven sintió crecer el Árbol,
nacido entre la espuma,

hijo del Dios-lombriz.
El Árbol producía alimentos de toda especie:
frutas y animales colgaban de sus ramas,
las gentes medraban a su sombra.
Pasaron las lunas y las lunas…
El Árbol creció tanto, tanto…
preciso fue derribarlo para obtener alimento.
Tumbado, el tronco inmenso formó el gran Amazonas,
sus ramas, la red casi infinita de sus afluentes
y hojas y semillas regadas por doquiera
dieron origen a la selva inmensa
sustento de las bestias y los hombres.