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En los comienzos del mundo, hubo un tiempo en el que no había más que agua. Y que en las aguas vivía un monstruo con muchas bocas. Los dioses Quetzalcóatl y Tezcatlipoca decidieron que aquella monstruosa criatura diera forma al universo, que entonces no tenía siquiera contornos. Los dioses, pues, levantaron al monstruo. Uno lo tomó por las patas de la derecha, y el otro por las patas de la izquierda. Así, tirando cada uno, estuvieron luchando durante un día y una noche, hasta que lo vencieron. Cuando estuvo agotado y ya no pudo seguir luchando, los dos dioses partieron al monstruo en trozos. Con la parte inferior de su cuerpo hicieron los cielos, y con la parte superior la tierra. De su pelo crearon la hierba y los árboles, de su piel las flores, de sus ojos las cuevas y los manantiales, y de su nariz los montes y los valles.
A la llegada de la noche, sin embargo, el Monstruo Tierra comenzó a gritar, cosa que oyeron los dioses, pues tenía hambre y pedía corazones humanos para comer y sangre para saciar su sed. Para satisfacerlo, se precisaban numerosos sacrificios, así que los aztecas comenzaron a matar a sus enemigos para que el Monstruo Tierra pudiera calmar su hambre.
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