Este blog desea servir de vehículo de encuentro y de divulgación de los mitos latinoamericanos, para contribuir a que los antiguos personajes y situaciones simbólicas arquetípicas se contacten de nuevo con nuestras conciencias, despertando esa antigua habilidad que tenían nuestros antepasados de leerlas intuitivamente y de servirse de ellas como alimento espiritual. Para contextualizar el tema recomendamos iniciar con las lecturas de Pueblos indígenas en Latinoamérica, Pueblos indígenas en Colombia, Sentir Indígena, Definición de Mito, Consecuencias de olvidar los mitos, Mitos en Latinoamerica, Formas del Mito y Mitos de Creación. En estos últimos se desea hacer un especial énfasis.



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miércoles, 7 de mayo de 2014

Guatemala - Mito Maya - La creación

La primera versión escrita de este mito del Popol Vuh permaneció oculta hasta 1701, cuando los mayas de de la comunidad de Santo Tomás Chuilá, Guatemala, la mostraron al sacerdote dominico Fray Francico Ximénez. Las secciones que aquí comentamos proceden de las partes primera y tercera del Popol Vuh (que consta de cuatro partes). Se refieren a la creación del mundo, las migraciones y el asentamiento final de los antepasados del pueblo quiche. El siguiente mito fue tomado de la obra Guerreros, Dioses y Espíritus de la Mitología de América Central y Sudamérica, de Douglas Gifford.
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Fue aquél un tiempo en el que todo estaba en calma y en silencio, en el que no existía el movimiento, en el que la inmensidad del firmamento estaba vacía. No había hombres ni animales. No había pues ni pájaros, ni peces, ni cangrejos, ni árboles, ni piedras, ni cavernas, ni cañadas, ni hierba. Sólo existían el cielo inmenso y el mar tranquilo. No había tierra; nada que se moviera o que hiciese ruido; nada que sobresaliese rompiendo la línea del horizonte entre el cielo y el mar.
La noche se cernía siempre sobre la superficie del mar; pero en sus más profundas aguas vivían Tepeu y Gucumaz, el Creador y el Hacedor de Formas, respectivamente. Como dioses, propendían naturalmente a la meditación sobre los misterios de la vida; y allá en el fondo, tendidos bajo un dosel de plumas verdes y azules, charlaban sobre el Corazón del Cielo, que era el gran dios compuesto por tres deidades: Cacuihá Huracán (el Relámpago), Chipi Cacuihá (el Rayo) y Raxa Cacuihá (el Trueno). Y así siguieron discurriendo y dieron en hablar de la luz y de la vida, y decidieron trocar la oscuridad de la noche en luz del día, para que el mundo conociera la luz.
—Hágase la luz —dijeron—, que el día resplandezca sobre el mar y sobre las tierras que vamos a crear. Y que sea el hombre la primera gloria de la tierra.
Todo sucedió como ellos habían ordenado. Los mares encontraron cauce en sus nuevos límites, y las montañas emergieron de entre las aguas, conformando tierras secas. Con las montañas aparecieron los cipreses y los pinos, a la vez que los ríos descendían de las zonas rocosas hasta las planicies. Todo aquello fue obra del Creador y del Hacedor de Formas, a quienes ayudaron en su tarea las tres divinidades constituyentes del Corazón del Cielo.
Una vez creados los árboles y las montañas, los dioses hicieron los pequeños animales de los bosques, los guardianes de la vegetación y los espíritus de las montañas: Ciervos, jaguares, hienas, pájaros y serpientes. El Creador y el Hacedor de Formas asignaron a cada animal un lugar en donde vivir. Así pues, el ciervo, se fue a las proximidades de los ríos, los felinos marcharon a lo más espeso del bosque, los pájaros treparon a los árboles, y las serpientes a las rocosas colinas.
—Ahora, pronunciad nuestros nombres —dijeron el Creador y el Hacedor de Formas, y también los tres dioses del Corazón del Cielo—.
Nuestra gloria no será completa mientras haya un solo ser que no sepa adorarnos.
No pudieron los animales satisfacer el deseo de los dioses: Todo lo que podían hacer ellos era gritar, o emitir cualquier otro sonido, de acuerdo con la naturaleza de cada uno.
—Es inútil —dijeron los dioses—. Si estos animales no saben siquiera pronunciar nuestros nombres ¿cómo van a ser capaces de adorarnos?
En consecuencia, los dioses decidieron que aquellos animales que acababan de crear serían seres inferiores, destinados a la caza, para que sirvieran de alimento. Fue entonces cuando los dioses decidieron crear al hombre.
—Hemos de apresurarnos —dijeron—, pues llega el amanecer y no tenemos a nadie que nos adore.
Primero, los dioses hicieron un hombre de barro extraído del fondo de los mares, mas no quedaron satisfechos: Su cuerpo era excesivamente blando y deforme; la cabeza se le caía hacia un lado y le resultaba imposible torcer el cuello para mirar hacia atrás; además, no tenía fuerza ni en las piernas ni en los brazos. Podía hablar, pero no tenía entendimiento; y cuando lo pusieron en el agua, su cuerpo de barro se disolvió para desperdigarse en la corriente.
El Creador y el Hacedor de Formas se percataron de que tal hombre no serviría a sus propósitos, y decidieron consultar a otros dioses, para lo cual llamaron a la Abuela del Día y a la Abuela del Amanecer, dos ancianas divinidades que podían leer el futuro de todas las cosas. Juntas hicieron hombres y mujeres de madera. Aquellos seres se parecían al hombre de barro, si bien se diferenciaban de él en que eran fuertes y vigorosos. Poco después comenzaron a tener hijos, que se desparramaron por toda la faz de la tierra.
Todavía, empero, no poseían la facultad del entendimiento, y nada sabían acerca del Creador ni del Hacedor de Formas. A duras penas caminaban erguidos, con los ojos fijos en la tierra. Al descubrir que las criaturas creadas tampoco podían servirles, los dioses decidieron destruirlas, para lo cual desataron una gran inundación, y enviaron cuatro pájaros de tamaño descomunal para que atacaran a tales seres. Además, los animales que con ellos convivieran hasta entonces se rebelaron y acusaron a esos seres de madera de prodigarles malos tratos. Sus potes y otros cacharros de cocina dijeron también que no recibían de ellos el tratamiento adecuado:
—Durante días y noches nos habéis machacado la superficie con palos y piedras, y nos habéis quemado tontamente en las llamas. Ahora os toca sufrir a vosotros.
Hasta las piedras de las chimeneas se abalanzaron sobre los hombres de madera y les golpearon la cabeza. Muchos fueron destruidos en sus propias chozas; otros intentaron huir, pero pronto se dieron cuenta de que el mundo entero se había puesto en su contra. Cuando trataron de escapar, subiéndose a los tejados para ello, sus chozas se hundieron bajo el peso de sus pies; los árboles se alejaban al verlos llegar, y las cuevas cerraron sus puertas hasta entonces abiertas, con peñas gigantescas, para que tampoco en su interior pudieran hallar solaz. Algunos lograron refugiarse en la selva y sus descendientes se convirtieron en monos, que son animales desprovistos de, sentido común, y que parlotean incensantemente.
Los dioses se reunieron en consulta una vez más y, antes de que rompiera el amanecer, crearon los primeros seres humanos, haciendo su carne con maíz blanco y con maíz amarillo, y sus brazos y piernas con masa de maíz. Con un caldo especial dieron fuerza y energía a los huesos y los músculos. Aquellos primeros seres así creados fueron del género masculino y recibieron los nombres de Balam-Qui^e, Balam-Ácab, Manucutab e Iqui-Balam. Eran cuatro hombres sabios y buenos, capaces de ver cosas que ignoran los hombres de hoy día. Los dioses, entonces, decidieron someterles a prueba.
—Mirad —dijeron a los cuatro hombres—, ¿acaso no es la tierra un hermoso lugar? Mirad, qué bellas son las montañas y los valles. ¿No es un gozo sentirse vivo y ser capaz de comprender, de hablar y de moverse?
Los cuatro hombres miraron a su alrededor y convinieron en que el mundo era un lugar maravilloso.
—Nos habéis concedido el sentido común y el movimiento —les respondieron—. Podemos hablar y entender, podemos pensar y caminar.
Desde donde nos encontramos podemos divisar cualquier cosa, esté cerca o esté lejos, tan claramente como podemos ver a cada uno de nosotros. ¡Alabado sea el Creador y alabado sea el Hacedor de Formas!
Durante algún tiempo los dioses quedaron plenamente satisfechos de los humanos de su creación, pero al cabo empezaron a temer que los cuatro hombres llegaran a saber demasiado. Para evitar que esto sucediera, el Corazón del Cielo echó un aliento sobre sus ojos para que no pudieran ver tan claramente como solían, y para que vislumbraran el mundo como a través de un cristal empañado. Al retirarles la aguda visión, los dioses les privaron de su sabiduría y de la percepción que tenían las cosas secretas y les dejaron sólo un sentido limitado de los misterios propios a la existencia. De no proceder en semejante sentido, pensaron los dioses, los cuatro hombres podrían haberse convertido en dioses.
A la par que los dioses mermaban la capacidad de percepción de los hombres, otorgaron a los humanos un don: el del sueño. Mientras dormían los cuatro hombres, cuatro hermosas mujeres llegaron junto a ellos, para convertirse en sus esposas, y, con el tiempo, hombres y mujeres procrearon y se extendieron por sobre toda la faz de la tierra. Vivían juntos, pacíficamente; todos hablaban la misma lengua y oraban a los mismos dioses, al Creador y al Hacedor de Formas, al Corazón del Cielo y al Corazón de la Tierra.
Oraban para pedir hijos y luz; aún no existía el sol, y la tierra estaba oscura y húmeda por las inundaciones, y los humanos no conocían el fuego. Después de que transcurriera un largo tiempo sin sol que les diera luz y calor los cuatro hermanos marcharon a Talan-Zuiva, el lugar de las Siete Cuevas y los Siete Valles. Allí fueron visitados por los dioses que tomarían bajo su amparo a cada familia. Un dios para cada clan. El dios del clan de Balam-Quizé fue llamado Tohil; y la primera dádiva que de su magnificencia recibieron fue la del fuego. Los hermanos se llevaron cuidadosamente la llama; y cuando llegaron las lluvias y apagaron el fuego, Tohil hizo que brotara otra chispa de sus zapatos. La buena nueva del fuego se propagó rápidamente, y muchos hombres de otras tribus acudieron a calentarse y a llevarse una tea encendida a sus hogares.
Tohil los recibió con crueldad y les exigió sacrificios humanos en pago por el fuego. El sol seguía sin aparecer y los hermanos intentaban localizar a la Estrella de la Mañana, pues sabían que era señal de la inminente aparición del  sol. Al cabo, desalentados, se dijeron que jamás verían, el sol desde aquellas tierras que habitaban, y se pusieron en camino, atravesando muchas regiones, hasta llegar a las montañas de Hacavitz. Mientras quemaban incienso al pie de la montaña vieron cómo la Estrella de la Mañana se elevaba lentamente por encima de su cumbre.
Poco a poco el cielo fue iluminándose, hasta que apareció el gran disco redondo del sol. El nuevo sol no calentaba con la fuerza del sol que hoy conocemos, pero resultaba ser lo suficientemente cálido como para secar la tierra húmeda y hacer más confortable la vida en ella.

Antes de su aparición los grandes animales habían hollado aquella tierra; eran tigres gigantescos y jaguares, monstruosas serpientes pitón y víboras. Bajo el influjo de los dioses del clan se convirtieron en figuras de piedras, con las patas retorcidas como las ramas de los árboles. El mundo era ya un lugar placentero para los humanos, y los ancestros de la tribu Quiche fundaron en aquellas montañas su hogar.